Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

Las ventajas de perder un pie

Si habéis leído la última entrada, estaréis probablemente pensando varias cosas. Pero la primera seguro que es que los científicos que estudian los mecanismos cerebrales responsables de nuestra percepción sensorial están un poco locos. Y, la verdad, si alguien vestido con una bata blanca y portando un martillo y unos prismáticos me pidiese que pusiese un dedo de mi mano derecha encima de una mesa, pensaría que ha perdido la cabeza. Pero si, como a mí, siempre os ha fascinado el hecho de que las ilusiones visuales no desaparezcan cuando nos las explican, tal vez os estéis preguntando por qué no podemos evitarlas, como cuando te desvelan un truco de magia y ya nunca vuelves a verlo igual. Con las ilusiones sin embargo no pasa eso, siempre estarán ahí porque son producto de los mecanismos que el cerebro utiliza para entender la realidad. Lo cierto es que lo ilusorio, lo imaginado, lo soñado y lo real comparten el mismo sustrato en nuestro cerebro. Los mismos circuitos que empleamos para imaginar a la persona amada se activan en cuanto la vemos. Y lo mismo pasa con una silla, el cielo, las galletas de nata de mi abuela o el número Pi.
Los pacientes de Wilder Penfield (1891-1976), un neurocirujano canadiense que se especializó en el estudio y tratamiento quirúrgico de ciertas enfermedades neurológicas, fundamentalmente la epilepsia, lo demuestran. Muchos de ellos sufrían ataques epilépticos que tenían su foco en la corteza temporal. En esta zona de nuestro cerebro se localizan las funciones auditivas principales y las áreas de asociación polisensorial que dan sustento a nuestra memoria. Durante sus crisis, el paciente 32, por ejemplo, escuchaba a su madre y a su padre hablando y cantando villancicos. Exactamente igual que habían hecho en tantas frías noches navideñas ya pasadas. Y esa percepción tan familiar seguía pareciendo real, tan real como cuando la experimentaba directamente de pequeño.
Wilder Penfield fue también un pionero de la exploración de la corteza cerebral mediante microestimulación eléctrica. Realizaba experimentos en los que no se utilizaba anestesia general (el cerebro no tiene receptores de dolor) y el paciente permanecía despierto, consciente, durante todo el proceso. Para abrir el cráneo y exponer el cerebro se utilizaba únicamente anestesia local para inactivar los receptores de dolor del hueso y las meninges. Durante estas operaciones, Wilder Penfield, estimulaba con una pequeña corriente eléctrica en la superficie del cerebro con el objetivo de evaluar las posibles opciones quirúrgicas.


Durante estas operaciones descubrió que la corteza cerebral presentaba una exquisita organización funcional. Cuando estimulaba distintas zonas los pacientes experimentaban distintas sensaciones o incluso patrones motores. Así descubrió la región responsable de nuestra percepción visual en la parte posterior del cerebro, de nuestra capacidad auditiva, en la zona temporal o de nuestro comportamiento motor en el lóbulo frontal. Penfield fue también el primero en describir de forma precisa el mapa correspondiente al sentido del tacto, en la zona somatosensorial de la corteza parietal (ver figura 1).
Lo primero que llama la atención es que en el mapa están representadas todas las partes del cuerpo en función de su importancia relativa para nuestro sentido del tacto. Así, dedicamos muchos más recursos cerebrales a la cara (especialmente a los labios y la lengua) y las manos que a otras zonas del cuerpo como la espalda o los pies. Si reconstruyésemos nuestro cuerpo en función del territorio cortical que ocupa cada parte el resultado sería ciertamente grotesco (ver figura 2).
Además, estos mapas son plásticos, es decir, pueden cambiar a lo largo de la vida dependiendo de la experiencia y el aprendizaje; y sus bordes son difusos, por ejemplo, en la frontera entre la representación de la cara y la de las manos, las células cerebrales reciben información de ambos sitios.
La existencia y estructura de estos mapas condiciona de forma clara nuestra percepción de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Un ejemplo claro es la sensación de miembro fantasma que sufren muchos amputados. En estas personas, la estimulación directa de zonas que están lejos del miembro amputado en el cuerpo pero que están muy cerca en su representación en el homúnculo cortical (por ejemplo cara-mano o genitales-pie) puede evocar la sensación vivida de que el miembro todavía está ahí. Sensación que en muchos casos va acompañada de un dolor más o menos intenso.
También llama la atención que el mapa no está perfectamente ordenado. No sólo los genitales aparecen al lado del pie en la parte más medial de la corteza somatosensorial; sino que también, la cara no es vecina de la representación de la cabeza, sino que aparece junto a la zona que se encarga de procesar la información que proviene de la mano, en el extremo lateral del mapa. Hay autores como Ramachandran que han visto en esta organización espacial “tan especial” la explicación fisiológica de fenómenos fetichistas tan curiosos como la fascinación que algunos hombres (fundamentalmente) sienten por los zapatos de tacón o los pies en general. Dando soporte a su hipótesis, muchos pacientes que han sufrido la amputación traumática o quirúrgica de un pie comentan que a partir de ese momento sus orgasmos son mucho más potentes y placenteros. Esto podría tener que ver con el hecho de que los mapas son plásticos. Al no recibir información sensorial del pie ausente, la región cortical correspondiente va a pasar a procesar estímulos que provengan de la región vecina en el mapa, en este caso los genitales. Espero que este comentario no desencadene una nueva moda de amputaciones rituales entre los más débiles de mente…
Existen, por supuesto, mapas similares para otras modalidades sensoriales, mapas visuales retinotópicos, mapas auditivos de frecuencia, e incluso homúnculos en la corteza motora. Todos ellos merecerían una nueva entrada. En ésta, he intentado tan sólo convenceros de que estos mapas influyen en nuestra percepción del mundo, la ponen en contexto. Por si no lo hubiera conseguido os dejaré esta ilusión somatosensorial que seguro que os hace pensar (y os hará pasar algún buen rato en los bares ya que también se puede hacer con aceitunas).
Cruzad los dedos medio e índice de una mano. Ahora, explorad con ellos así dispuestos una canica (o cualquier otro objeto más o menos esférico, como la bola de un ratón del ordenador, la aceituna del bar, etc). Procurad que las puntas de los dedos estén suficientemente separadas y es importante que toquéis la canica con los dos dedos a la vez, haciendo movimientos adelante y atrás y circulares. Si lo habéis hecho bien tendréis la sensación de estar tocando dos canicas. Y esa sensación no se cancela al mirar directamente cómo los dedos exploran la canica ¡aún cuando nuestro sistema visual nos dice que sólo estamos manipulando una!
La culpa de esta ilusión la tiene la estructura del mapa somatotópico de la corteza. Si os fijáis, existen zonas separadas para procesar información que proviene de cada uno de nuestros dedos. Y la posición de los dedos en el mapa cortical es la misma que ocupan en la mano. Este mapa es nuestro sistema de referencia para interpretar toda la información táctil que recibimos al explorar un objeto con la punta de nuestros dedos. Al cruzar los dedos y manipular la canica estamos estimulando simultáneamente la cara externa del dedo medio y la cara interna del dedo índice. Eso sólo es posible, con los dedos en su posición normal, si estamos manipulando dos canicas y esa es la explicación que prevalece porque es la más habitual. Lo llamativo es que el sentido de la vista no sea capaz de cancelar esta ilusión. Y no lo es porque no sería posible, desde un punto de vista neuronal, actualizar el mapa somatotópico continuamente en función de nuestra visión de la disposición del cuerpo en el espacio.
Por lo tanto, la disposición, estructura y propiedades de los mapas corticales sí condicionan enormemente nuestra percepción del mundo. Incluso tanto como para querer que nos corten una pierna
Y una última reflexión. La percepción es ilusión, la ilusión es contexto y el contexto es arte. Permanezcan atentos, lo veremos aquí…

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 27 de abril de 2009 por en General

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2 Comentarios en Las ventajas de perder un pie

  1. Iván | 11-05-2009 a las 13:56 | Denunciar Comentario
    1

    Pese a que la idea de perder un pié siempre me pareció bastante mala, al menos se compensaría en parte, jejeje. Sería más alentador simplemente manipular el mapa somatosensorial de forma que dejáramos, por ejemplo, de tener cosquillas a cambio de orgasmos de altura…

  2. mmolano | 13-05-2009 a las 14:51 | Denunciar Comentario
    2

    Lo de cambiar las cosquillas por orgasmos no suena mal, pero creo que podría llevar a situaciones un tanto embarazosas… Habrá que pensarlo…

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