Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

El aguafiestas

Después de haber intentado entender por qué nunca encontramos el prado perfecto para parar a comer cuando vamos al campo, hoy me preocupa una pregunta mucho más importante (o no) en nuestra sociedad: ¿por qué funciona el arte? Pero intentar responder a esta pregunta me lleva a dos nuevos problemas:
El primero es evidente, y es que antes de decidir por qué funciona el arte, tengo que decidir lo que entiendo por arte, o incluso lo que entiendo por funcionar… Pero creo que empezaré el razonamiento por el final, y luego intentaré acabar con estos “pequeños” flecos.
El segundo problema es que, al intentar desentrañar esta cuestión, corro el riesgo de convertirme en un soplón, un aguafiestas y un chivato (Santiago Gerchunoff), porque estaré intentando explicar algo que no precisa (ni pide) explicación para ser disfrutado. Nadie necesita entender por qué le gustan La Noche Estrellada de Van Gogh o El beso de Gustav Klimt para que le gusten. Bien, en mi defensa diré que no creo que el entendimiento lleve a la desaparición del efecto, de la misma forma que conocer los fundamentos químicos del amor no hace que dejemos de querer a nuestra pareja.
De todas formas, este debate no es nuevo: Hace ya 50 años, el 7 de mayo de 1959, el científico y novelista británico Charles Percy Snow dio una conferencia, Las dos culturas y la revolución científica, en la que se lamentaba del creciente abismo que separa a los intelectuales “humanistas” de los “científicos”. Lord Snow pensaba que la actual evolución divergente entre “ciencia” y “arte” ha terminado por romper todos los puentes de comunicación entre estas “dos culturas”, impidiendo “de facto” la resolución de los problemas del mundo.
Quizás esta afirmación pueda sonar un tanto exagerada, aunque todo depende de lo que entendamos por los problemas del mundo… El caso es que, de la misma forma que las carreras científicas dedican muy pocos o ningún esfuerzo a instruir a sus alumnos en asuntos de letras, la gente de humanidades da por hecho que no tiene por qué saber nada acerca de termodinámica por su condición de “gente de letras”. Más aún, la mayoría los artistas (o los que se consideran artistas) no aceptan que se les explique por qué funcionan sus creaciones. Prefieren pensar que funcionan por obra de una fuerza que está dentro de ellos y que escapa a la comprensión del prosaico científico…
Así, y dando por presentadas las dos culturas a las que se refirió Lord Snow, intentaré ahora mostrarlas como dos respuestas distintas a una misma pregunta, como una figura y su reflejo en el espejo. Cual es la figura y cual es el reflejo quedará a gusto del lector.
Las claves.
Porque lo que hacemos, tanto neurocientíficos como artistas, es buscar las claves de la percepción. La única diferencia está en que, mientras los primeros lo hacen para entender dicha percepción, los segundos sólo buscan transmitir lo que quieren transmitir de la mejor manera posible, saltándose todo lo demás, lo superfluo, saltándose la realidad si es preciso…
Explicaré aquí algunas de las claves del sistema visual, que es el que mejor conocemos, tanto desde el punto de vista artístico como científico.
La forma.
La forma es la clave más sencilla, pero también la más interesante porque, mientras los artistas la descubrieron hace más de cuarenta mil años, hubo que esperar hasta el año 1959 para que la neurociencia la encontrara en el sistema visual (Receptive fields of single neurones in the cat’s striate cortex). Y es que ya los habitantes de las cuevas de Altamira se dieron cuenta de que bastaba con dibujar los bordes de un objeto para generar una percepción muy vívida de él. Sólo con líneas conseguían una imagen que en ocasiones era más potente que la realidad. Cuarenta mil años después, los neurocientíficos Hubel y Wiesel descubrieron que la corteza visual primaria está especializada en reconocer líneas y sus orientaciones, es decir, los contornos.
Ahora todo cuadra ¿no?…picasso5
…pero, aún sabiendo que los primeros niveles del sistema visual están especializados en reconocer líneas, ¿por qué un dibujo puede ser más potente que la realidad? ¡Si veo menos cosas! ¡Si tengo menos información!
Bueno, existen dos ideas que tratan de dar respuestas a esta pregunta. Autores como Patrick Cavanagh y Vilayanur Ramachandran proponen que el hecho de que los recursos cerebrales sean limitados, hace que no podamos prestar atención a todos los detalles visuales disponibles en la imagen. Un dibujo formado tan sólo por líneas como el de la imagen de la derecha (adaptado de un cuadro de Picasso), provoca que toda nuestra atención se centre en lo que es relevante, eliminando la información más redundante, superflua y prosaica.
De la otra idea ya hablamos en la entrada anterior: nuestro cerebro resuelve la falta de información sobre el mundo exterior, rellenando con la idea preconcebida que tiene de este. Así, en el dibujo, Pablo Picasso pone cuatro líneas y nosotros ponemos todo lo demás, que es mejor (o peor) de lo que nunca ningún pintor podría pintar.
El mérito está en evocar esa sensación con tan poco. Porque existen muchas otras formas de disponer esas cuatro líneas, pero sólo algunas son tan poderosas. Es como si, ciertas configuraciones consiguiesen llegar “más allá”… Como ejemplo pongo otra imagen:
cactusculo_22
A pesar de ser igual de evidente, el cactus con el que comienza la serie no alcanza el poder evocativo y emotivo de la silueta de la mujer. Y no es sólo que sean igual de evidentes, sino que, en realidad, la información que llega a nuestra corteza visual primaria es prácticamente la misma en los dos casos. Pero más allá de la corteza visual primaria, las cosas cambian…
Quiero aclarar que cuando digo “llegar más allá” no estoy diciendo que nos guste más. Es posible que no nos guste en absoluto el cuadro de Picasso, pero esa sensación de rechazo ya es más de lo que nos provoca el cactus. Porque el arte no tiene por qué ser agradable, sólo tiene que hacernos sentir algo.
Y nada más. Me gustaría pensar que Lord Snow estaba equivocado y que las dos culturas de las que habló no están tan lejos. Y me gustaría pensar también que el saber un poco más sobre el significado biológico del arte no hace que desaparezca el efecto que este produce. Porque saber más nunca es malo… ¿no?

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 8 de Mayo de 2009 por en General

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3 Comentarios en El aguafiestas

  1. lovelyrita | 11-05-2009 a las 9:47 | Denunciar Comentario
    1

    Mmm…se me ocurren muchas cosas al respecto, si es que he entendido bien. La primera de ellas es que, en mi opinión (y en la de muchos filósofos), la experiencia estética está en un “nivel” diferente de los mecanismos sensoriales por los que accedemos a la obra artística en cuestión. Una cosa es cómo responda mi cerebro al mundo (a cualquier objeto en él, artístico o no), y otra muy distinta qué me sugiera o me haga sentir. Los tres colores de una bandera no dejan de ser tres colores como los impresos en un cartón de leche, y sin embargo los primeros me emocionan y los segundos no. La música son ondas de distintas frecuencias impactando en mi sistema auditivo,y haciendo responder a mi cerebro de una manera determinada, igual que el sonido del despertador…¿no?
    Creo que fue Husserl el que distinguió entre los mecanismos que hacen funcionar a una calculadora (mecánicos) y las operaciones matemáticas que se producen “a su través”: éstas dependen en cierto sentido de que funcione la mecánica, pero son de una naturaleza totalmente distinta. El estudio de los mecanismos del cerebro puede hacernos entender cómo percibimos el arte (igual que nos explicastéis en otros posts por qué tenemos ilusiones sensoriales), pero no por qué nos conmueve…¿o sí?

  2. lovelyrita | 11-05-2009 a las 9:53 | Denunciar Comentario
    2

    Por cierto, a propósito de la queja de Lord Snow, esta gente (intelectuales, escritores y filósofos) proponen una “tercera cultura” que unifique “ciencias” y “letras”:
    http://www.terceracultura.net/tc/

    ¡Un saludo!

  3. mmolano | 13-05-2009 a las 12:45 | Denunciar Comentario
    3

    Bueno, ovbiamente no podemos explicar el valor simbólico del arte a partir del funcionamiento de nuestro cerebro (o sí… al fin y al cabo todo está en nuestro cerebro). La idea es que, además de ese valor simbólico, hay uno biológico.
    Existen obras que, sin tener ningún contenido conceptual, nos gustan porque son capaces de desencadenar una respuesta muy fuerte en nuestro cerebro. Aunque los campos de flores que pintaba Renoir no digan demasiado, sus cuadros tienen mucho éxito. Aunque las pinturas de Jackson Pollock “sólo sean manchas”, consiguen transmitirnos algo…

2 Enlaces externos en El aguafiestas

  1. » Más Arte | 19-10-2009 a las 15:50 | Denunciar Comentario
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    […] que empiece en este blog, diré que ya dedicamos muchas palabras a este tema: hicimos una pequeña introducción, hablamos del “efecto pico” con Carla Bruni y Nicolas Sarcozy, comparamos el arte con las […]

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