a mi manera
Esta iba a ser una entrada dedicada al movimiento, el color, la luz, Monet, Renoir…
Todas ellas cosas agradables e interesantes, que además servían como continuación a la entrada anterior. En definitiva, iba a ser la entrada que todos habríais esperado.
Quizás precisamente por eso he decidido hablar de otra cosa, de una que nadie podría predecir. Nunca me ha gustado ser predecible. En realidad a nadie le gusta serlo, y por eso a todos nos cuesta seguir el curso natural de los acontecimientos, porque necesitamos saber que nosotros somos los que decidimos, que somos dueños de nuestros actos. Y, que mejor forma de asegurarse de que uno es dueño de sus actos que comportándose en contra de lo que parece evidente, incluso en contra de lo que sería mejor para nosotros mismos.
Y así, desafiando al destino y para sentir mi libre albedrío una vez más, hablaré en esta entrada de eso mismo, de lo libres que somos al escoger nuestras acciones.
Porque por mucho que lo intente, es posible que no sea yo quien tome las decisiones acerca de mi persona. Vale, es verdad que si yo tomase todas las decisiones, dormiría más por las mañanas, no esperaría en los semáforos en rojo cuando tuviese prisa y volaría (¿a quién no le gustaría volar?). Pero, más allá de lo que nos imponen las leyes naturales y sociales, ¿hacemos lo que queremos hacer? Se me ocurre otro problema aquí, y es que podría ser que sí hiciésemos lo que queremos hacer, pero que eso que queremos hacer no lo hayamos decidido nosotros. Sin ir más lejos, la publicidad se encarga todos los días de hacernos creer que queremos cosas que no sabíamos que existían antes de encender la televisión o abrir el periódico…
Como decía, es posible que, aunque me empeñe, no sea yo quien decida lo que voy a hacer. Esta es una cuestión que ha preocupado a los filósofos desde que existe la filosofía, y que ahora también preocupa a los neurocientíficos.
Entre estos últimos, fue Benjamin Libet el primero que se preguntó por lo responsables que somos de nuestros actos. Descubrió que, antes de que seamos conscientes de que vamos a hacer algo, se producen en el cerebro una serie de procesos eléctricos, a los que llamó Bereitschaftspotential, y que podrían ser una evidencia de que la decisión ya estaba “tomada” cuando nosotros la tomamos…
Y al parecer el señor Libet tenía razón. El año pasado un estudio realizado en el Instituto Max Planck de Leipzig (Alemania) por el grupo de John-Dylan Haynes, le dio la razón, demostrando que “elegimos” qué hacer mucho antes de ser conscientes de ello.
El protocolo del experimento es muy sencillo. Una vez dentro de un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI), se pedía a los sujetos que apretaran cuando creyesen oportuno una tecla bien con el dedo índice de la mano derecha o con el dedo índice de la mano izquierda. Al mismo tiempo, se les presentaba una sucesión de letras en una pantalla y se les pedía que recordasen la letra que estaban viendo en el momento que tomaban la decisión. De esta forma, los investigadores podían saber en qué momento los sujetos eran conscientes de lo que iban a hacer.
Y resultó que, con la señal del escáner, era posible predecir qué dedo iban a utilizar los sujetos para apretar el botón 7 segundos antes de que él lo supiese. Es decir, nuestro cerebro sabe mucho antes que nosotros lo que vamos a hacer.
¿Quiere esto decir que no somos responsables de nuestros actos? Yo no diría tanto. Aunque tomemos las decisiones sin saberlo, seguimos siendo nosotros quienes las tomamos.
Aún así, este y otros estudios tienen mucha repercusión en numerosos ámbitos de la sociedad. Por ejemplo, el sistema judicial: En el año 2007, la fundación John D. and Catherine T. MacArthur reunió a aproximadamente 40 neurocientíficos, especialistas en leyes y filósofos, en el proyecto Law and Neuroscience. En él se intenta dar respuesta a todas las preguntas que están empezando a surgir con respecto a la responsabilidad criminal, la posible predicción del comportamiento delictivo y los tratamientos que puedan aplicarse para evitarlo.
La tarea que estos hombres tienen por delante no es sencilla. Porque, ¿cómo puede el estado castigar a una persona por un acto criminal si ésta no es responsable de lo que hace? Y más aún, si un simple escáner puede predecir lo que voy a hacer 7 segundos antes de que lo haga, podría predecir que voy a matar a mi vecino por aparcar todos los días el coche delante de mi garaje (es una hipótesis), y podría detenerme antes de que le clavase un tenedor en el cuello (es otra hipótesis)…
Supongo que todos coincidimos en que el estado, sabiendo lo que voy a hacer, estaría en la obligación de evitarlo. Pero, ¿qué debería hacer conmigo una vez hubiese soltado el tenedor? ¡Si no he hecho nada! Es verdad que iba a hacerlo… O no…
Como pudo comprobar Tom Cruise en la película Minority Report, la cosa es complicada porque, aunque el escáner de fMRI acierte normalmente, a veces se equivoca. Y esos errores también forman parte de nuestro libre albedrío ¿Y si, en el último momento, decidiese guardarme el tenedor en el bolsillo?
Con está pregunta que tendrá que responder el lector, acabo. El contenido de la próxima entrada lo determinará el destino… y mis ganas de hacerle caso.
Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón




