Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

Robando… ideas

Apollo Robbins es un tipo interesante. Joven, razonablemente atractivo y con un don que, aunque ha llevado a muchos otros a la cárcel (incluido alguno de sus hermanos), a él lo ha catapultado directamente a la fama. Apollo Robbins es un carterista, un ladrón profesional. Pero no, por supuesto, de la especie a la que estamos acostumbrados (y acostumbrados a temer, añadiría). Hace unos años su nombre apareció en las primeras planas de casi todos los periódicos estadounidenses por robar, durante uno de sus espectáculos en Las Vegas, las tarjetas de identidad y documentos confidenciales a un miembro del servicio secreto que acompañaba al ex-presidente Jimmy Carter. ¡Se imaginan la cara que se le debió quedar al pobre! Comentaría después el propio Apollo que el agente estaba tan aturdido que sólo acertaba a decir “por favor, que no se entere mi jefe”. A lo que el “mago-carterista” respondió, “no te preocupes, también he robado su tarjeta de identidad”.

Apollo Robbins y su capacidad para quitarte todo lo que lleves en los bolsillos (en la foto le acaba de robar el reloj a George Johnson, corresponsal del New York Times) es, desde luego, un caso muy llamativo pero de ninguna manera único. Mientras que científicos y filósofos llevamos decenas (o siglos en el mejor de los casos) discutiendo cómo el cerebro construye, muchas veces erróneamente como hemos visto en otras entradas, nuestra impresión del mundo real. Los magos son los verdaderos maestros. Ellos hace siglos (incluso milenios) que han aprendido a controlar intuitivamente los límites de la atención y la capacidad cognitiva humanas. Es frustrante, para mí como científico, claro, admitir que van tan por delante de nosotros. Pero es muy estimulante pensar que podemos colaborar con ellos, utilizando sus trucos, para descubrir cosas nuevas sobre el funcionamiento del cerebro humano en el laboratorio.

appollo_robbins

Con esta idea en la cabeza, este verano organizamos un congreso sobre Arte y Ciencia en el pirineo aragonés. Este congreso, sobre el que volveremos en futuras entradas, fue un fórum para el encuentro entre artistas y científicos con intereses comunes. Todas las actividades giraron alrededor de simposios temáticos impartidos, cada uno, por un artista y un científico con el objetivo de explorar las posibles relaciones entre estos campos del saber, aparentemente tan alejados entre sí, pero que nosotros percibimos como íntimamente relacionados. Hubo simposios dedicados a la pintura, la música, la gastronomía, la arquitectura y, por supuesto, la magia. En este último participaron Susana Martinez-Conde y Steve Macknik, neurocientíficos del Barrow Neurological Institute en Phoenix y Miguel Ángel Gea, fantástico mago madrileño especializado en magia de cerca (sleight of hand, para los anglosajones). Lo que más me sorprendió fue que, con lo herméticos que parecen los magos normalmente, sobre todo en lo que atañe a sus “trucos”, Miguel Ángel estaba deseoso de discutir con nosotros el fundamento de las ilusiones cognitivas que él y sus colegas utilizan y disfrazan como “magia”: cómo hacen que una acción parezca lo que no es, cómo te hacen pensar que un objeto (una moneda, una carta, etc.) está donde no está realmente, cómo se aprovechan de la necesidad del cerebro de “rellenar” los vacíos de información elaborando hipótesis sobre lo que vemos que acabamos confundiendo con la realidad, ¡nuestras hipótesis acaban sustituyendo a los hechos! Cómo utilizan las correlaciones ilusorias, es decir, nuestra tendencia a unir en una secuencia de causa y efecto dos eventos próximos entre sí en el tiempo. Y, sobre todo, cómo controlan la atención de la audiencia. Nuestra capacidad de atención es limitada y fluye de un lugar a otro de una escena como el agua siguiendo la pendiente del terreno. Los magos han aprendido a controlar este flujo de atención y lo utilizan para evitar que la audiencia pueda descubrir el momento crítico o el lugar en el que se revelaría el secreto detrás del truco. Así, magia sería una suerte de representación teatral que une eventos, gestos y acciones en series de causas y efectos que no tienen base física real pero que existen claramente en nuestro cerebro. Así al menos la define Teller, famoso mago americano también con espectáculo diario en Las Vegas.

Si no lo ves, el vídeo está aquí.
Lo que me lleva de nuevo a Apollo Robbins que, como cualquier carterista de la calle, ha de conseguir romper el espacio personal del sujeto al que va a robar sin que éste le descubra. O, al menos, sin que a este le importe o se sienta incómodo. Y lo consigue controlando el flujo de atención de su “víctima”. Lo que hace es crear pequeños marcos en la escena, como los encuadres de una película, en los que se concentra la atención de la audiencia, de forma que fuera de ese “foco de atención” (e incluso dentro) puede hacer muchas cosas que pasan totalmente desapercibidas.
Una de las cosas que hace constantemente es dividir la atención en distintos lugares para que la victima no pueda atender indefinidamente a las partes más sensibles del truco. Lo hace de varias formas: condicionando a la audiencia; haciendo usos no convencionales de la situación de proximidad o variando el movimiento normal de las manos al manipular objetos. Los carteristas han descubierto, por ejemplo, que nos interesan más los movimientos curvos (arqueados) que los que siguen trayectorias rectas. Si yo muevo mi mano siguiendo una línea recta entre el punto A y el punto B, solo hay dos focos posibles de atención. Los puntos intermedios no cuentan ya que son muy previsibles y la victima tendrá mucho tiempo para atender a lo que yo estoy haciendo en A y en B (si intento manipular o robar algo, lo descubrirá). Pero si me muevo siguiendo una trayectoria curva entre A y B, entonces es como si entre ellos existieran muchos otros puntos (C, D, E, F…) intermedios que también requieren atención y, esa tarea tan costosa de atención me permite hacer cosas entre A y B sin que el pobre sujeto lo note.
Si Semir Zeki dice que los pintores son “neurocientíficos” que estudian cómo vemos con técnicas y métodos que les son únicos, algo similar podríamos decir de los magos (¡y los carteristas!) que serían también “neurocientíficos” que estudian, en su caso, cuestiones más cognitivas del funcionamiento de nuestro cerebro mientras nosotros, pobres neurocientíficos de a pie, seguimos asombrados sus pasos…

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 3 de octubre de 2009 por en General

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  1. » ¡Atención! | 21-10-2009 a las 12:52 | Denunciar Comentario
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    […] en una de nuestras últimas entradas que Apollo Robbins, el “mago-carterista” es un genio controlando el flujo de atención en su […]

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