Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

la insoportable levedad del ser

Conscientes de que nuestra penúltima entrada acabó sin acabar del todo, hoy diremos alguna cosa más sobre aquellos sujetos que administraban descargas eléctricas (mortales) a otras personas sólo porque era necesario para un experimento científico. Creo que se lo merecen, al fin y al cabo, aquellos sujetos eran el 65% del total de los sujetos, que no es poco.

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Asombrados con los resultados que habían obtenido, Milgram y los suyos se devanaron los sesos hasta que consiguieron dar con una posible explicación. Esta explicación es La Teoría de la Cosificación (Agentic State Theory), que postula que los sujetos podían comportarse como se comportaban porque se consideraban a sí mismos meros instrumentos del proceso. No eran ellos los que actuaban, sino un ente superior que los utilizaba para infringir el daño a la otra persona. Así evitaban sentirse responsables.
El mejor ejemplo que se me ocurre de este tipo de comportamiento es el ejército (otra vez), donde la cosificación está institucionalizada: tú no eres más que una herramienta (normalmente un arma) que tu superior utiliza para lograr el objetivo que su superior le ha impuesto. Así, el soldado que obedientemente apretó el botón para dejar caer la bomba atómica sobre Hiroshima y provocó la muerte de 140.000 personas sólo cumplía órdenes de un superior, que cumplía órdenes de otro superior… Y así hasta llegar al simpático presidente Harry Truman, que pensó que debía sacar pecho después de haber arrasado la ciudad japonesa:

“Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra”

Quizás con un “lo siento” habría bastado…
Volviendo a la teoría de la cosificación, y a pesar de los esfuerzos del sistema militar para anular las conciencias de sus soldados, yo creo que Milgram pasó por alto un factor que también es importante. Me explico:
Poco después de haber soltado a Little Boy, el Capitán Robert Lewis, copiloto del Enola Gay, exclamó inocentemente: «Dios mío ¿Qué hemos hecho?»… No me imagino qué era lo que el señor Lewis esperaba que ocurriese después de apretar aquel botón, pero, de todas formas, creo que esta frase abre una grieta en la teoría de Milgram: nadie (o casi nadie) puede cosificarse para siempre. Y digo esto porque, si hay algo que no nos gusta a los seres humanos es asumir nuestra poca influencia en el devenir de los acontecimientos, más aun si se trata de acontecimientos provocados por nosotros mismos. Hasta tal punto somos así, que incluso tendemos a pensar que tenemos influencia sobre sucesos sobre los que no actuamos de forma física (la única forma de actuar sobre algo). Y así surgen las supersticiones: creemos, por ejemplo, que si llevamos los pantalones que llevábamos la última vez que el Atlético de Madrid le ganó al Real Madrid, los del Calderón conseguirán por fin ganar. Llevo más de 10 años comprobando que mis pantalones no tienen ninguna influencia sobre los “Atlético de Madrid-Real Madrid”. Pero ahí sigo.
Sea como sea, la cosa es que no podemos asumir nuestro insignificante papel en la historia del universo. Por eso me cuesta creer que todos los soldados de todos los ejércitos que existen, han existido y existirán, asuman su rol de guillotina inanimada sin rechistar.
¿Y entonces? Bueno, ya dejamos caer la idea en la entrada anterior, pero hoy nos meteremos de lleno en el problema del soldado-guillotina: A finales de la década de los 50, poco después de los experimentos de Solomon Asch, el americano Leon Festinger publicó un trabajo que daba otra posible explicación para este comportamiento. La pregunta de Festinger era: ¿Qué pasa con la opinión de una persona que se ve forzada a actuar en contra de dicha opinión?
La conclusión más importante que sacó Festinger es que, como os estabais temiendo, la opinión de una persona tiende a adaptarse a su modo de actuar. Normalmente esto debería ser al revés, es decir, deberíamos actuar en base a nuestra opinión y no opinar en base a nuestra actuación. Así lo hace Rick en su redención final en la película Casablanca (de ahí la foto de más arriba). Pero parece que a veces las cosas no funcionan así.
Y entonces, lo que acaba haciendo el soldado raso es autoconvencerse de que está haciendo lo que hace porque él de verdad cree que es lo que hay que hacer. Y así, vuelve a ser él el que toma las decisiones, vuelve a tener la importancia que le habían arrebatado cuando le obligaron a actuar en contra de sus ideas. Porque ahora sus ideas son las correctas…
Estos puntos suspensivos ponen fin a la entrada. No están ahí de forma arbitraria, ni son fruto de mi incapacidad para terminar las frases. Y es que el señor Festinger descubrió más cosas, y todavía nos queda por poner algún “pero”, dar algún “porque” y, sobretodo, lanzar unos cuantos “quizás”. Todo eso, en la próxima entrada.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 19 de noviembre de 2009 por en General

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7 Comentarios en la insoportable levedad del ser

  1. Hipatia | 19-11-2009 a las 17:13 | Denunciar Comentario
    1

    Este dilema entre obedecer y hacer lo que es éticamente correcto me recuerda el principio de la película Juegos de Guerra, en el que se plantea el error de actuación de un militar que, en un simulacro de lanzamiento de una bomba nuclear, no es capaz de pulsar el botón de lanzamiento porque decide pararse a pensar en la cantidad de muertes y destrucción que puede ocasionar.

    Su reacción reconforta: ante la duda es necesario pensar. Sin embargo, la consecuencia de su actuación es que sus superiores deciden sustituir a la persona por una máquina para evitar que en una supuesta situación real tampoco se llegue a pulsar el botón.

    Algunas personas deciden actuar como máquinas y pierden así su humanidad para contribuir a sembrar injusticias.

  2. Jose Antonio Quirós Serna | 19-11-2009 a las 17:54 | Denunciar Comentario
    2

    Me parecen perfectas las explicaciones (y las justificaciones) a tal atroz comportamiento. El camino hacia la verdad es taaaaan sinuoso y sorprendente; no seré yo el que haga un juicio simplista. Además, si he de ser sincero, el hecho de que haya común consenso (el 65% de los experimentados) tampoco me influye en mi opinión.

    Pero por muchas teorías que se pronuncien al respecto, creo que apretar el gatillo de un fusil, el botón de la bomba del Enola Gay o el del experimento científico, me parecen claramente atroces. Huelga decir, el que alguien ordene dichas barbaridades. Salvo que estuviese en peligro mi propia supervivencia o la de mi gente creo que nunca cometería semejantes atropellos.

    Por lo que, “suministrarle” a una persona una descarga eléctrica que pueda matarla, tan solo por el hecho del conocimiento científico y sin recibir ninguna presión extra por parte del experimentador, me parece injustificable.

  3. Efrén | 02-12-2009 a las 14:37 | Denunciar Comentario
    3

    Esta entrada ha sido muy interesante! 🙂

    Me planteo que, suponiendo que en última instancia todos los sujetos van a obedecer (suponiéndolo), y posteriormente van a cambiar su parecer para intentar/conseguir ver como correcta y hacer suya su forma de actuar, la pregunta real es cuál es el desencadenante inicial para la conducta ordenada. No sé si me explico; quiero decir que qué será lo que en un principio obliga a la persona a tragarse sus opiniones, o a decidir conscientemente que va a obviar temporalmente sus creencias, en ese primer momento en el que se recibe una orden y la persona experimenta esa sensación que tod@s conocemos y que solemos llamar “conflicto interno”.

    ¿Tendrá alguna ventaja adaptativa o algo así poner nuestras decisiones en manos de otra persona transitoriamente? ¿Lo hacemos para evitar el “conflicto interno”, como una “solución rápida” y de algún modo más ventajosa?

    Me parece que estos temas que planteáis sobre el libre albedrío son muy importantes 🙂

    E

  4. mmolano | 02-12-2009 a las 14:58 | Denunciar Comentario
    4

    Yo diría que eliminar el conflicto interno tiene una clara ventaja adaptativa. Todos vamos a tener que hacer cosas que no nos gustan tarde o temprano y si no podemos echarle la culpa a otros, algo tendremos que hacer…

    Hablaremos más de esto en la siguiente entrada!

    Gracias por el comentario!

  5. Jose Antonio Quirós Serna | 04-12-2009 a las 0:55 | Denunciar Comentario
    5

    A ver, a ver … que creo que me he perdido.

    En la Alemania Nazi, un entorno donde tu vida quizás dependa de obedecer órdenes, o si te secuestran las farc y te obligan a luchar por su causa sino te fusilan, es fácil resolver el posible conflicto interno.

    Los del Enola Gay, podrían llegar a pensar que no son ellos los que matan a toda esa gente, sino sus superiores. Incluso, que los soldados, no ya nazis sino de cualquier ejército, amolden su pensamiento a lo que hacen y acaben pensando que hacen lo correcto, compartiendo así la ideología de sus jefes, podría entenderse.

    Más en los primeros que en los segundos, sí hay cierta ventaja adaptativa.

    Pero ¿en una sala donde lo único que ocurre es que tu alumno “se equivoca” y tú le suministras una descarga eléctrica que puede matarlo?

    ¿Es cuestión de adaptación?
    ¿Se puede justificar?

  6. mmolano | 07-12-2009 a las 15:58 | Denunciar Comentario
    6

    Hola Jose Antonio,

    Lo que pasa con el experimento de Milgram es que los sujetos tienden a pensar que “el tipo de la bata”, como decía Efrén, sabe lo que hace. Probablemente ven el mundo de la ciencia muy lejos y la gente que trabaja en él les impone mucho respeto. Eso es lo que yo creo que está pasando. Es como en el experimento de Solomon Asch, en el que el sujeto tiene tiene que confrontar sus ideas con 7 estudiantes de Harvard, lo que también asusta un poco…

    gracias por tu comentario!

    thegraymatters

  7. mmolano | 07-12-2009 a las 16:09 | Denunciar Comentario
    7

    En la nueva entrada: “El peso de lo que piensas”, seguimos hablando de lo mismo… Igual aclaramos un poco más las cosas…

1 Enlace externo en la insoportable levedad del ser

  1. 1

    […] Existen otros parecidos e incluso anteriores, como el que realizó Leo Festinger en 1959 (y del que ya dijimos alguna cosa), pero el experimento que más me gusta es el que llevo a cabo un doctorando de Festinger, Elliot […]

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