Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

hacerse el sueco

“Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros” Groucho Marx.

playboyBinoche
Cuando estudiaba en la universidad tenía un amigo que estaba suscrito a la versión española de la revista Playboy. Él siempre mantuvo que era por los artículos. Los demás siempre supimos que era por las chicas. Ahora me doy cuenta de que era un ejemplo típico de disonancia cognitiva (aunque con Juliette Binoche no ha lugar la disonancia). En su caso había un conflicto entre lo que hacía (estar suscrito a la revista Playboy) y lo que pensaba (pues iba en contra de sus principios comprar una revista sólo porque en ella aparecieran chicas desnudas). Lo curioso es que cuando le decíamos que no nos lo creíamos, que lo único que él estaba haciendo al decir que se suscribía por los artículos era utilizar una justificación socialmente aceptable para mirar chicas desnudas, él siempre argumentaba lo contrario. Y, ¿por qué no? Además de las famosas Playmates del mes, la revista venía (y sospecho que todavía viene) trufada de entrevistas a personajes famosos, reportajes y otros artículos, algunos de ellos incluso muy interesantes (la verdad es que esa es la razón por la que yo se las pedía prestadas de vez en cuando ;-)).

Pero, ahora en serio, lo cierto es que, mirando atrás, y al contrario de lo que sucede en otros casos de disonancia cognitiva, él no mostraba ningún signo aparente de ser consciente de que ese conflicto existía. Así que, aunque en el fondo estoy seguro de que no, nunca podré demostrar a ciencia cierta que no lo hacía por los artículos, por más absurdo y ridículo que parezca. ¡Cómo vas a saber tú mejor que yo por qué la compro!, solía decirme. Y tenía razón. Porque en realidad, las motivaciones que hay detrás de las decisiones que tomamos todos los días son subjetivas (ya sabéis, aquello de que son personales, intransferibles y todo eso). Y esta subjetividad es la que hace tan difícil para los neurocientíficos estudiar cuestiones clave de nuestro comportamiento, como el autoconocimiento (invocado por mi amigo en nuestras discusiones), la intencionalidad de nuestras acciones o los mecanismos de toma de decisiones en general. Es difícil porque normalmente se estudian desde “fuera” del cerebro que los genera. Tan difícil que hasta hace poco pensábamos que era, de hecho, imposible. Hasta que en 2005, dos jóvenes suecos, Petter Johansson y Lars Hall, hicieron un descubrimiento extraordinario (y no, no fue Benidorm).
caras ChoiceBlindness

Photographer: Mark Hanlon

Su estudio original, publicado en la revista Science, consistía en mostrar brevemente a voluntarios series de pares de fotos de caras de personas (como las de la foto de la izquierda) y pedirles que escogieran la más atractiva de las dos. En algunos casos de cada serie, después de que hubieran realizado su elección, les pasaban la foto para que la vieran de nuevo y les pedían que explicaran las razones por las que la habían escogido. Sin que sus sujetos experimentales lo supieran, algunas veces cambiaban una cara por la otra utilizando un truco de magia (de nuevo los científicos aprendiendo de los artistas), de forma que los voluntarios terminaban viendo de nuevo la cara que no habían elegido. Lo primero que les sorprendió fue que, en la mayoría de las ocasiones (75%), los sujetos no se daban cuenta del cambio e incluso ofrecían razones para su elección. En un caso especialmente llamativo, un chico se justificó diciendo que le habían gustado los pendientes que llevaba la chica de la foto, ¡cuando la de la otra foto, su elección “real”, no llevaba pendientes!
Petter Johansson y Lars Hall llamaron a este fenómeno “choice blindness” (ceguera a la elección) porque les recordaba a la “ceguera al cambio” de la que ya hemos hablado anteriormente largo y tendido. Lo novedoso de su paradigma experimental, y que lo distingue de anteriores experimentos en situaciones de disonancia cognitiva, es que pueden cambiar el resultado de las elecciones de sus sujetos, sin que éstos se den cuenta, y grabar sus reacciones. Como los participantes, además, dan explicaciones (que a veces son incluso muy elaboradas) sobre elecciones que nunca han hecho, Petter y Lars les pueden demostrar más allá de toda duda (algo que yo nunca he podido hacer con mi amigo) que lo que dicen no es cierto. Así que sus experimentos ofrecen una oportunidad única para investigar la confabulación; es decir, las “historietas” que nos contamos a nosotros mismos (primero) y a los demás (después) para justificarnos tras haber hecho o dicho algo. Y, es más, sus experimentos muestran también que estas “historietas” pueden ser tan convincentes que provoquen que los sujetos cambien sus preferencias en el futuro; muchos acaban eligiendo de forma “consciente” la alternativa que habían rechazado previamente.
Por supuesto, la ceguera a la elección tiene sus límites. A nadie podrían cambiarle sin que lo notase, por ejemplo, de esposa o esposo en el altar (¡por mucho que uno quisiera!), o de equipo favorito de futbol (de nuevo ¡por mucho que uno quisiera!). Pero funciona prácticamente igual en muchas otras situaciones. Por ejemplo, en otro experimento, Lars y Petter, invitaron a clientes de un supermercado a escoger entre dos variedades distintas de mermelada o dos tipos diferentes de té. Una vez habían decidido, pedían a los voluntarios que probasen de nuevo la variedad que habían escogido y explicasen por qué. Aplicando el mismo tipo de “truco de magia” los sujetos acababan probando la opción que habían rechazado. Y, de nuevo, la gente sólo detectaba un tercio de los cambios, ¡incluso cuando los sabores eran tan diferentes como manzana a la canela y pomelo amargo!
Lo que es realmente sorprendente es que han documentado el mismo fenómeno cuando simulan situaciones reales de compra online de teléfonos móviles, ordenadores o apartamentos. Funciona incluso en situaciones en las que los participantes son cuestionados sobre sus ideas políticas y posiciones morales (seguridad social universal, aplicación de tortura a acusados de terrorismo, impuestos, etc.); aspectos éstos de la vida en los que uno pensaría que la reflexión juega un papel determinante; si pasamos por alto, claro, el comportamiento diario de muchos de nuestros políticos y más de un comentarista radiofónico. Será que la honestidad, y no sólo la percepción visual, es una ilusión. No es extraño que después de estos experimentos, la frase de Groucho con la que comenzamos esta entrada nunca haya vuelto a parecerme tan absurda. Groucho, sin embargo, sigue pareciéndome genial.
El último “truco” que Lars Hall y Petter Johansson les jugaban a los voluntarios que participaban en sus experimentos era preguntarles en un cuestionario previo lo que pensaban sobre su propio proceso de toma de decisiones. Entre otras cosas, los sujetos debían explicar cómo creían ellos que se sentirían si hubieran tomado parte en un experimento del tipo de los que hemos descrito más arriba. Por supuesto, como todos estáis pensando ahora, aproximadamente el 90% de los sujetos decía que nunca caerían en un truco como ese. Me hubiera gustado verles las caras al finalizar el experimento. ¡Y que todavía me sorprenda comprobar lo mucho que nos sobreestimamos y lo poco que realmente nos conocemos!

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 9 de Diciembre de 2009 por en General

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2 Comentarios en hacerse el sueco

  1. alambique | 09-12-2009 a las 14:33 | Denunciar Comentario
    1

    Un artículo jugoso y sugerente. Destaco tres lecciones aprendidas:

    1. Interesante la idea de ‘ceguera al cambio’. No solo está en las justificaciones sólidas que se dan a decisiones distintas de las realmente tomadas, sino en el apoyo incondicional a los cambios “injustificables” decididos por quien recibió nuestra confianza. Los partidos políticos son un excelente ejemplo. Queremos pensar que votamos su programa aunque obviamente no es así, porque los acuerdos poselectorales dan el triunfo a quienes logran más apoyos, no a los programas más votados. Pero da igual, porque aunque el partido votado haga lo contrario de lo que dijo que haría el votante lo sigue apoyando. La clave de este ‘apoyo ciego’ es que mucha gente es incapaz de emitir un juicio objetivo sobre una opinión; necesita saber previamente quién lo ha dicho. Compartirá la opinión, a ciegas, si el emisor coincide con su voto, y en desacuerdo si procede del adversario, al margen de la opinión en sí misma. Más que apoyo ciego es un tipo peligroso de relativismo moral: “¿Qué opino del cambio climático? ¿Y de la gripe A? ¿Y de la energía nuclear? Pues qué va a ser… ¡lo que diga mi partido!”.

    2. Sugerente también esa ‘teoría de la confabulación’ -las historietas para justificarnos ante nosotros mismos-. Recuerdo un taller con profesores en el que el ponente repartió una foto a cada asistente y pidió que a partir de ella elaboraran una reflexión sobre la educación. Cuando todos habían pensado su idea, decidió recoger todas las fotos y repartirlas en otro orden, y pidió que hicieran lo mismo y expusieran su reflexión. Al finalizar preguntó quiénes habían mantenido la idea sugerida por la primera foto, y la sorpresa fue que todos lo habían hecho. La foto no era más que el desencadenante de lo que querían decir, y todos habían buscado una justificación para ligar su idea a la foto que tenían delante, fuesa la que fuese.

    3. Y, por último, lo más relevante. A partir de ahora debo seguir con más detalle la obra de la mentada Juliette Binoche. La tentadora expresión de su rostro en pleno éxtasis exige una profundización en su labor intelectual. ¿Está convenientemente recomendada su bibliografía en el ambiente académico?

  2. Jose Antonio Quirós Serna | 09-12-2009 a las 18:21 | Denunciar Comentario
    2

    “… ¡Y que todavía me sorprenda comprobar lo mucho que nos sobreestimamos y lo poco que realmente nos conocemos!…”

    ¿Por qué albergar dudas y expresar cierta ignorancia sobre algo está visto “mal” socialmente y por qué los férreos determinismos son tan aclamados por el público en general?

    ¿Por qué hay tan poca gente que se cuestione lo que cree?

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