Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

la primera impresión

Por motivos que pronto quedarán claros, he estado buscando en Google aquel anuncio de colonia en el que se decía aquello de: “La primera impresión es la que queda”. Y aunque no he encontrado nada sobre el anuncio, sí he tenido la ocasión de leer un montón de páginas que querían ayudarme a causar una buena primera impresión. Así, he podido conocer el caso de Rafaela, que se fió de la primera impresión que le dio un señor (“un hombre tranquilo, cariñoso y noble”) y se casó con él. Luego resultó ser un tipo “sucio y neurótico”. “Supongo que la próxima vez me lo pensaré dos veces” aventura Rafaela. También he leído que “nunca es bueno llegar tarde, vestir un atuendo manchado, o masticar con la boca abierta en un restaurante fino, en la primera cita”.Todos ellos consejos útiles, aunque no me queda claro si a partir de la segunda cita puedo, por fin, abrir la boca al masticar…
http://thegraymatters.aprenderapensar.net/files/2010/02/farside1-225x300.jpg

Inadvertidamente, Roy condena al planeta Tierra a la aniquilación cuando, en un intento por resultar amigable, agarra al líder por la cabeza y lo sacude vigorosamente

Así que los 10 primeros segundos son determinantes (“no existe una segunda “primera impresión”, es el gran argumento). Pero también encontré una página que me aconsejaba no basar mis conclusiones acerca de una persona en algo tan banal como la imagen: “Y es que sólo está en manos de personas inteligentes no dejarse arrastrar por la primera impresión”, “una persona inteligente prefiere comprobar no una sino diez, treinta, cien, o quinientas impresiones”. Es curioso que este último argumento lo utilicé yo una vez que conocí a una chica en un bar… No funcionó.
Sea como sea, nosotros traemos hoy una versión distinta, una versión biológica, de “La primera impresión”. Pero empiezo por el principio: En la entrada anterior nos quedamos a medias con todo aquello de que hay cosas que perciben nuestros ojos pero de las que no somos conscientes. Nos quedamos en que existían al menos 2 vías en el sistema visual que no pasaban por la corteza visual (la vía principal) y que hacían su trabajo en silencio; una llegaba a la amígdala y la otra al colículo superior. Por lo tanto, cuando una persona pierde la corteza visual, pierde la parte consciente de su visión, pero no pierde toda la información que llega a sus ojos. Es lo que llamamos “blindsight”.
De la amígdala ya hemos hablado varias veces, una de ellas para explicar por qué nos gustan tanto a todos los cuadros de Monet. Iba a poner un link, pero me citaré a mi mismo, ya que nadie lo hace:
“el sistema visual envía una copia de la información que viaja por la vía dorsal a un núcleo profundo del cerebro que se llama amígdala. Este núcleo participa en el procesamiento de las emociones y acaba su trabajo antes incluso de que seamos conscientes de lo que estamos viendo (es decir, antes de que acabe el suyo la vía ventral). Por tanto, podemos saber de qué humor se encuentra una persona antes de saber quién es.”
Así que, cualquiera de nosotros sabe de qué humor está el jefe antes incluso de ser conscientes de ello; y de la misma forma, las personas que sufren “blindsight” son capaces de saber de qué humor está la persona que tienen delante aunque no la vean. El experimento es sencillo: el tipo de la bata blanca le presenta una foto al sujeto en la que aparece una cara con una expresión determinada (triste, enfadada, sonriente…). El sujeto no ve la foto, pero aun así se le pide que trate de “adivinar” su expresión. Los sujetos con “blindsight” aciertan más de lo normal; porque, en realidad, ellos sí conocen la expresión de la cara. La información llegó al sitio correcto en el momento preciso.
Sobre el colículo superior dijimos alguna cosa ya en la entrada anterior. Está directamente relacionado con el sistema motor que, como cabía esperar por su nombre, controla todos nuestros movimientos. Y entonces, cuando el doctor le pide al paciente (que asegura ser ciego) que camine sin rumbo fijo por una habitación, este es capaz de esquivar las sillas y las mesas. Porque el colículo tiene la información necesaria y da las órdenes oportunas al sistema motor para que el sujeto no se la pegue contra los muebles. “¿Por qué ha cambiado de dirección?” Le pregutnará el doctor después de que esquive una silla: “No lo sé”.
Se me ocurre que la prueba es quizás un poco agresiva para aquellos pacientes que de verdad no ven nada, pero a nosotros nos sirve para hacernos una idea de la cantidad de cosas que entran en nuestro cerebro y causan un montón de efectos sin que nosotros nos demos cuenta.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 9 de febrero de 2010 por en General

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2 Comentarios en la primera impresión

  1. Jose Antonio Quirós Serna | 09-02-2010 a las 13:39 | Denunciar Comentario
    1

    Qué contradictorio es que un sujeto diga “No lo sé” y sin embargo su cerebro tenga precisa información al respecto.

  2. María F. | 10-02-2010 a las 15:07 | Denunciar Comentario
    2

    Pero un momento: la amígdala “participa en el procesamiento de las emociones” , pero ¿de las ajenas o de las propias? Porque una cosa es sentirnos de un modo determinado “antes de ser conscientes” de ello, y otra cosa es comprender (esto es, interpretar un signo o indicio) de qué humor está alguien a partir del gesto de su cara. De acuerdo con que lo primero sea un mecanismo biológico, pero en lo segundo influye en alto porcentaje el aprendizaje y la experiencia. Un cosa es procesar las emociones (propias) y otra procesar la información sobre las emociones de los demás, que no dejan de ser datos de la percepción.

    ¿No?

2 Enlaces externos en la primera impresión

  1. 1

    […] será la primera de una serie de entradas inspiradas por artículos y comentarios aparecidos en esta web en las últimas semanas. Trataremos de decir todo lo que sabemos y todo lo […]

  2. 2

    […] está muy relacionada con las emociones. Todo lo que queráis saber de más está en estos links: 1, 2, […]

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