Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

crónica de una vuelta anunciada II

Bien, espero que con la entrada de ayer entendieseis más o menos cómo intento responder últimamente a todas las preguntas que me acechan. Por si acaso, os vuelvo a poner la fórmula:
¿Por qué el animal X tiene la cualidad Y?                                             Porque le es útil para …
Como matemático, me entusiasma la idea de que exista una fórmula que se pueda aplicar a cualquier cosa. Pero esta fórmula no siempre funciona. Sin ir más lejos de nuestra propia barriga podemos encontrar ya una excepción: el apéndice, del que sólo oímos hablar cuando alguien habla de que se lo han extirpado en una operación, parece no servir para nada. Estos fenómenos son los llamado epifenómenos, es decir, cualidades de una especie que no están ahí por su utilidad, sino que se derivan de alguna otra cualidad, y que no molestan demasiado, por eso no han desaparecido.
Llegados a este punto, contaré mi primera duda estival: El domingo 25 de julio de 2010, a eso de las cuatro de la tarde, sentado en mi sofá delante del televisor e inspirado por la tira cómica que veis más arriba, me esforzaba yo por NO HACER ABSOLUTAMENTE NADA, ni siquiera pensar. Como sabréis, no es una tarea sencilla. De hecho, es imposible que tu cerebro deje de funcionar. Pero la idea era que por lo menos su actividad se redujese al mínimo y no provocase ningún pensamiento (consciente). No lo conseguí.
Pero mi esfuerzo no fue en balde y, tras mi fracaso, experimenté una claridad de ideas (o eso creía yo) que me llevó a la cuestión de la que trata la entrada de hoy. Y es que de repente, de alguna forma inconsciente, tuve la certeza de que mi conciencia de mi mismo y del entorno que me rodea no me servía para nada. “La consciencia es un epifenómeno” me dije, y acto seguido, como si acabase de dar a luz a una de las mayores revelaciones de la historia, entré en un largo trance que duró hasta más o menos las ocho de la tarde. “Una siesta como un camión” diréis… puede ser.
Cuando me hube recuperado de mi trance y mientras cenaba (un domingo aprovechado), me di cuenta de 2 cosas:
1. La idea no era mía. Ni siquiera era la primera vez que yo mismo me la planteaba, ni siquiera es la primera vez que me la planteo en este blog.
2. No estaba de acuerdo con ella.
“Este tío es idiota” pensará el lector más crítico. Bueno, en mi defensa diré que en Alicante hace mucho calor en julio y que el razonamiento con el que llegué a la conclusión número 2 no está del todo mal. Razono por reducción al absurdo (doy por hecho que la afirmación es cierta y llego a un absurdo):
Si suponemos que la consciencia es un epifenómeno y que no es necesaria para el homo sapiens, podemos suponer que podríamos crear un individuo tan adaptado al entorno como él, pero inconsciente. Para estar tan adaptado al entorno como el homo sapiens, el nuevo individuo no sólo debería estar adaptado al entorno actual, sino también tener la capacidad de readaptarse a los cambios que se produzcan en él. Para ello, debería ser capaz de anticiparse a los acontecimientos y saber actuar en base a ellos. Para saber actuar en base a ellos tendría que conocer las consecuencias, sobre su entorno y sobre él mismo, de cada una de sus acciones. Para conocer dichas consecuencias, debería haber tenido una experiencia previa en la que hubiese desarrollado toda un catálogo de implicaciones: “Si hago esto, pasa esto” y otro de “si hago esto, me pasa esto”. Y para eso tendría que ser capaz de conocer su propio estado y el del mundo que le rodea.
Pero, eso es la consciencia ¿no?
Llegué a dos conclusiones con mi razonamiento:
1. La conciencia es útil para el ser humano. No es un epifenómeno.
2. Todo lo que he dicho más arriba podría aplicarse en mayor o menor medida a cualquier animal. No existe una diferencia cualitativa entre el ser humano y los demás animales. Sólo cuantitativa. La consciencia, esa gran cualidad del homo sapiens a la que todo el mundo apela cuando no quiere que le comparen con un animal y sus comportamientos instintivos, está sobrevalorada.
Consciente de que la segunda conclusión es polémica y de que incluso es posible que me arrepienta de ella más tarde, publico rápidamente mi entrada y que sea lo que el lector quiera.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón



escrito el 2 de Septiembre de 2010 por en General

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3 Comentarios en crónica de una vuelta anunciada II

  1. overture1928 | 03-09-2010 a las 11:58 | Denunciar Comentario
    1

    Hola. Me quería referir a la fórmula que sugeriste en la entrada anterior y luego en este. Quizá pueda ser visto como un problema de semántica, pero desde el punto de vista evolucionista (de eso se trata no), lo correcto sería: ¿Por qué el animal X tiene la cualidad Y? Porque dicha cualidad le confirió ventaja(s) evolutiva(s) con respecto a otros fenotipos. Por tanto, mirando hacia la evolución de las relaciones sociales en el reino animal, es bastante claro que la conciencia es una caracteristica seleccionada y no una característica que sobrevivió siendo un lastre no demasiado grande o por causas azarosas.

  2. mmolano | 03-09-2010 a las 17:26 | Denunciar Comentario
    2

    hola,

    Bueno, cuando yo digo “la cualidad es útil para” me refería a lo que tú dices… Quizás debería haberlo expresado mejor, gracias. Y sí, la conciencia nos confiere ventajas evolutivas con respecto a otros fenotipos. Nos permite prever, planear, calcular…
    La gran pregunta, la que hemos estado discutiendo por aquí después de leer tu comentario, es ¿dónde pones el corte en el reino animal? ¿es el mono consciente? ¿el perro? ¿el ratón? ¿la hormiga?

    gracias por tu comentario.

    Thegraymatters

  3. Jose | 19-09-2010 a las 19:31 | Denunciar Comentario
    3

    Qué gran idea la de la diferencia cuantitativa. Mola.

1 Enlace externo en crónica de una vuelta anunciada II

  1. 1

    […] la consciencia de verdad, tiene que ser algo más que una serie de trucos (¿no?). Pero no, como ya dijimos alguna vez, la consciencia no es tan complicada o misteriosa como todos creemos o queremos […]

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