Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Manuel Molano

Doctor, me sobra un brazo

En estos casos, el paciente desarrolla  una aversión hacia su propia extremidad, diciendo cosas como: “Es un comunista” o “Es espantoso”

Lo que leéis aquí arriba forma parte de un artículo de Vilayanur Ramachandran y es la descripción del comportamiento que algunos pacientes muestran hacia una de sus extremidades o incluso hacia un lado entero de su cuerpo. Hoy, en thegramatters, hablamos de qué les pasa a estos pacientes. Pero antes nos pondremos al día con algunas cosas.
Hace ya muchas entradas que  hablamos de la influencia que tiene la organización de nuestro cerebro en nuestra forma de pensar y percibir el mundo. Describimos el Homúnculo, que era una especie de ser grotesco (ficticio, no se asusten) cuyas partes del cuerpo tenían un tamaño proporcional al del área de corteza que el cerebro les dedicaba. Los labios, la lengua y las manos de este hombrecillo de hombros estrechos eran enormes, porque son las partes del cuerpo más importantes para el cerebro cuando del sentido del tacto se trata. Pero lo curioso no eran estas diferencias de tamaño. Lo que resultaba de verdad interesante era la organización del mapa en sí. Porque ¿qué pondríais vosotros al lado de qué? ¿cómo ordenaríais el mapa somatosensorial? A lo mejor algunos pensaréis, “bueno, vamos a dejarlo todo bien ordenado, primero la cabeza, luego el cuello y así hasta llegar a los pies”. Pero ¿es esta la manera más eficiente de ordenarlo?  Pues se ve que no. Como podéis ver en la imagen de más abajo, el mapa somatosensorial no está ordenado, o por lo menos no como lo está nuestro cuerpo. Y así, la cara no está al lado de la cabeza sino de las manos y los genitales quedan apartados, justo al lado de los pies. Si os acordáis, este pequeño detalle podría ser la explicación para la obsesión que algunos hombres experimentan con los zapatos de tacón o los pies en general (un tipo de fetichismo), o para el hecho de que personas que han sufrido la amputación de uno de sus pies alcancen orgasmos mucho más intensos que antes.

Y todo por un sencillo asunto de organización y aprovechamiento del espacio. Es como si un día de estos y mientras escuchas en tu portátil tu mejor selección de virtuosos del jazz, se te cuela en la reproducción “Laberinto de Amor” de Camela, solo porque tu hermana ha guardado una carpeta con su música al lado de la tuya. Sería absurdo ¿no? Y sin embargo, con el cerebro sí pasa. Y pasa porque el cerebro no es un ordenador y no está dividido en compartimentos estancos. Pero lo que podríamos ver como un defecto se convierte en una virtud, ya que cuando se produce la pérdida de una función (como perder un pie), el área que queda sin tarea puede aprovecharse para otros fines (como unos orgasmos de impresión).

No es la primera vez que vemos esta confusión entre el sustrato físico y el semántico (entre el cerebro y “la mente”). El hecho de que lavarnos las manos pueda de alguna forma lavar también nuestra conciencia (lo vimos aquí), podría explicarse porque los circuitos neuronales que se ocupan de ambas funciones (la limpieza física y la limpieza moral) estén muy relacionados. Las sinestesias que afectan a algunas personas y que les llevan a ver los números como colores o degustar sonidos, podrían también tener su origen en una organización defectuosa del cerebro (o virtuosa: al parecer algunos sinestéticos desarrollan una capacidad fuera de lo común para la música).

Y así, lo que Edmund Husserl (junto a muchos otros) definió como dos niveles distintos, refiriéndose al sustrato físico de las ideas y a las propias ideas (“no es lo mismo el mecanismo que la calculadora utiliza para sumar que el concepto de suma”), se confunden continuamente. Porque en realidad, no existen dos niveles, existen dos lenguajes distintos: el que nosotros usamos para expresar, por ejemplo, algo tan abstracto como ‘libertad’ y el que utiliza el cerebro. Si el segundo no pudiese codificar este concepto, nosotros no sabríamos lo que es la libertad.

Obviamente, cuando se trata de un cerebro sano, estos fenómenos son anecdóticos, ya que de no ser así, los seres humanos no habríamos llegado demasiado lejos ¿Pero qué pasa cuando el mapa se rompe? La frase que leíais al comienzo de esta entrada forma parte de las consecuencias de que esto ocurra. Así, pacientes que han sufrido daños en el lóbulo parietal derecho demuestran una total aversión por uno de sus miembros o por un lado entero de su cuerpo (somatoparafrenia). No lo aceptan como suyo, y se lo atribuyen al doctor o a su asustada mujer o incluso a alguien que no se encuentra en la habitación. Es totalmente ilógico ¿verdad? Pero estas personas sólo tratan de cuadrar la realidad con su mapa cerebral: el lóbulo parietal derecho está directamente implicado en la construcción de la imagen que tenemos de nuestro propio cuerpo. Y si esta imagen se ve distorsionada, el paciente argumentará hasta el absurdo en contra de la realidad.

También existen casos en los que esta distorsión es congénita y no se debe a un traumatismo. En ellos, la persona crecerá con el deseo de que la extremidad en cuestión le sea amputada (apotemnofilia). Así, sin más. Pero ningún médico cuerdo le cortaría una pierna a nadie sin una buena razón, incluso aunque el paciente se los pusiese fácil y le especificase exactamente por dónde quiere que se le realice la intervención (así de claro lo tienen estas personas). Así que lo que acaban haciendo muchos de estos pacientes es intentar automutilarse, provocando daños irreparables en la extremidad y forzando la (ahora sí) necesaria amputación por parte de un cirujano con más práctica que ellos.

Y no se arrepienten en absoluto. De hecho afirman sentirse “completos”, una vez eliminada la molesta extremidad… Ahora su mapa cerebral cuadra con la realidad.

Tendemos a pensar que nuestras ideas y nuestra forma de pensar no tienen ninguna limitación física, que el amor, la libertad o la democracia son conceptos muy abstractos que no pueden explicarse por simples conexiones entre neuronas. Pero no es así, todas las ideas tienen su traducción al lenguaje neuronal. Si no, no existirían. Y más aún, el fallo de estas conexiones a pequeña o gran escala influye de forma determinante en nuestra forma de pensar. Lo vimos hace poco (aquí) cuando hablamos de cómo la estructura de nuestro cerebro está relacionada con nuestra orientación política. De hecho, ya Woody Allen adelantó esta idea en su película Todos dicen I love you (1996), en la que el hijo de una familia completamente demócrata, resulta ser republicano por culpa de un coagulo cerebral. Os dejo con un fragmento del guión de esta gran película:

SCOTT (el hijo): Las limosnas sólo sirven para anular la iniciativa.

BOB (el padre): ¿Dices que quien no pueda trabajar debe ser abandonado?

SCOTT: La Asistencia no sirve. Es el rollo del viejo mundo liberal…que niega el rezo en escuelas y mima a delincuentes.

BOB: No puedo creer que esté hablando con mi propio hijo. O unas vainas republicanas han invadido tu cuerpo. (se refiere a la película Los Invasores de Cuerpos, de la que también hablamos aquí)

SCOTT: Vainas no, papá. Ideas: ¡viriles y modernas! Una América fuerte, el derecho a portar armas.

BOB: ¿Armas? ¿Pistolas? ¿Estás loco? ¿Qué te ocurre? ¡Yo ya no te entiendo!

SCOTT: Tranquilo.

BOB: Perdona. Steffi, trae mi testamento y una goma de borrar.

Luis Martínez Otero y Manuel Molano



escrito el 2 de noviembre de 2011 por en General

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1 Comentario en Doctor, me sobra un brazo

  1. Jose | 02-11-2011 a las 16:36 | Denunciar Comentario
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    “… Pero no es así, todas las ideas tienen su traducción al lenguaje neuronal. Si no, no existirían …”

    Esta idea o este aspecto de nuestra fisiología, o de nuestra biología, o como quiera que se le llame, es algo en lo que deberían incidir las facultades de medicina. Porque le “pegas una patada a una pared” y te caen 30-40 psiquiatras diciendo que eso del correlato neuronal tiene límites, que no todo en el cerebro tiene un sustrato físico.

    Excelente post.

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