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The Gray Matters

Manuel Molano

Sobre lmartinez

Instituto de Neurociencias

 
Entradas de lmartinez

… ¿y me olvido de todo?

escrito el 1 de Junio de 2010 por en General
Cuando leí por primera vez el artículo de Zhong y Liljenquist en el que describían el “efecto Macbeth” –es decir, el fenómeno por el cual cualquier acto de limpieza física no sólo elimina la suciedad sino que también alivia el sentido de culpabilidad asociado a antiguas ofensas—recuerdo que tuve la misma sensación que al ver por primera vez muchas ilusiones visuales: primero de incredulidad, “¡No, no puede ser!”. Después de asombro, “¡Guau, qué bueno!”. Y, finalmente, de curiosidad, “Pero, ¿cómo es posible?”. Os ponemos aquí una de estas ilusiones visuales para que experimentéis en primera persona estas fases y, ya de paso, para homenajear a Richard Gregory, su descubridor, recientemente fallecido.

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yo me lavo las manos…

escrito el 12 de Mayo de 2010 por en General
William Shakespeare decía que la verdad es muchas veces más extraña que la ficción. Y tenía razón. Hoy vamos a escribir sobre un tema que, siendo verdad, es tan difícil de creer que parece mentira. Y para hacerlo, seguiremos citando a Shakespeare; en concreto, un pasaje que escribió en el acto V de su obra Macbeth.

Atormentada por su participación en el vil asesinato del rey Duncan, Lady Macbeth comienza a lavarse las manos de forma obsesiva, incluso en sueños, como si quisiese limpiar su conciencia de toda culpa.
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zombies II

escrito el 22 de Febrero de 2010 por en General
Como decíamos en la entrada anterior, dada la enorme cantidad de comentarios, emails, cartas y postales con fotos de lugares paradisíacos que hemos recibido exigiendo más información sobre el zombie que hay dentro de nosotros, nos hemos visto obligado a estrujarnos los sesos para contar en unas pocas entradas todo lo que sabemos o creemos saber sobre nuestro otro yo, “El Inconsciente”.
Así que seguimos. El otro día hablamos de círculos que se hacen más grandes o más pequeños cuando cambiamos el tamaño de los que están a su alrededor y de cómo preparar un cóctel sin pensar demasiado, gracias a nuestra vía dorsal… Hoy seguimos por ahí, por la vía dorsal, tratando de explicarnos aún a riesgo de repetirnos.
Como ya dijimos en algúna parte, la información que viaja por la vía dorsal se envía en paralelo a otros dos núcleos del cerebro, el colículo superior y el pulvinar del tálamo. También sabemos (sabéis) que estos dos núcleos juegan un papel muy relevante en procesos de integración sensoriomotora. Y son, con toda probabilidad, los responsables de que sujetos con ceguera cortical, aquellos que tienen dañada la corteza visual primaria, sean capaces de procesar parte de la información visual presente en una escena a pesar de que no son conscientes de haberla visto.
Y lo mismo sucede con nuestra percepción del componente emocional de una imagen, como por ejemplo de una cara. Los impresionistas, como Renoir (el que pintó el cuadro de más arriba), utilizaban el mínimo detalle en sus obras. Pintaban con gruesas pinceladas y aún así, en sus representaciones borrosas, como desenfocadas, podemos percibir perfectamente el estado de ánimo de sus personajes. En general, sus obras son incluso más emotivas que cualquier fotografía llena de detalle visual.
La pregunta, claro, es ¿por qué? Porque siempre hay un por qué.

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El zombi dentro de nosotros

escrito el 18 de Febrero de 2010 por en General
Esta será la primera de una serie de entradas inspiradas por artículos y comentarios aparecidos en esta web en las últimas semanas. Trataremos de decir todo lo que sabemos y todo lo que se nos ocurre, pero el tema resulta muy difuso, así que no duden en preguntar…
Y es que vivimos una experiencia tan lineal en apariencia, tan única, que nos cuesta asumir que nuestro cerebro funciona física y metafísicamente en varios planos. Que nuestra mente tiene en realidad distintos niveles. Y sobre todo, nos cuesta un mundo aceptar que la información, el fruto de la actividad, en alguno de esos niveles nunca alcanza un plano plenamente consciente. Y no está mal que eso sea así. De hecho, es vital que lo sea.
Por ejemplo, ya hemos comentado en numerosas ocasiones que ver no consiste en una mera transmisión de imágenes. El acto de interpretar visualmente el mundo es algo mucho más complejo y requiere de un esfuerzo coordinado en distintas áreas cerebrales que procesan la información presente en la lluvia de fotones que baña incesantemente nuestras retinas. Cada una de estas áreas se encarga de procesar aspectos distintos de la imagen. La vía visual ventral, la que termina en la corteza inferotemporal, es la responsable de nuestra percepción de los objetos que componen una escena. Por otra parte, la vía dorsal, la que termina en la corteza parietal posterior, procesa información correspondiente a la estructura espacial de esa misma escena, de la posición de los objetos unos con respecto a otros y en relación a nuestra propia ubicación en el espacio, de su movimiento, etc. Es obvio que las dos vías procesan información visual muy distinta; ya hemos hablado de ello en relación con los pintores impresionistas. Por eso, lesiones en la vía ventral producen agnosias visuales y lesiones en la vía dorsal producen afecciones muy distintas, agnosias motoras, en las que el paciente es incapaz de hacerle entender a su cuerpo el movimiento que quiere hacer.
Por lo tanto, la información relevante para interpretar el mundo de forma consciente está en la vía ventral; gracias a esta parte del cerebro sabemos (y podemos verbalizar) “qué” estamos viendo. Mientras tanto, la vía dorsal se ocupa de la información que nos ayuda a interaccionar con el mundo a través del movimiento. Y lo curioso es que una buena parte de esta información, al contrario de lo que ocurre con la de la vía ventral, nunca alcanza un plano consciente. Se transmite directamente a las áreas de la corteza responsables del control del movimiento. La vía dorsal es lo que Christof Koch denominó el zombi dentro de nosotros. Porque actúa aparentemente “por su cuenta” sin que “nosotros” (nuestro yo consciente) podamos controlarlo.

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un chiste

escrito el 13 de Enero de 2010 por en General
El título de la entrada de ayer no parecía tener mucho sentido, lo sabemos. Pero esta viñeta lo explica todo:

jack 'The Dripper'

Jack ‘The Dripper’ es el apodo que la revista Time Magazine (valga la redundancia) le puso a Jackson Pollock en 1956, haciendo referencia a otro famoso Jack, el destripador, sustituyendo ‘ripper’ (destripador) por ‘dripper’ (salpicador).

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón


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Muy bien, los grupos de gente no son idiotas aunque la gente lo sea. Pero, ¿por qué?

escrito el 22 de Diciembre de 2009 por en General
Si has llegado hasta aquí (y te has leído las dos entradas anteriores) ya sabes que los grupos de personas pueden no ser idiotas aunque todos sus miembros sí lo sean. Lo que quiero decir (de forma un poco exagerada y políticamente incorrecta) es que los grupos de gente pueden comportarse de forma más “inteligente” que el más capacitado de sus miembros. La pregunta que dejamos sin responder es, ¿por qué?

caramelos

Y para contestar a esta pregunta necesito poneros otro ejemplo (ya sabéis que nosotros somos muy de ejemplos). Hay un juego que es muy popular en algunos países anglosajones. Consiste en acertar (sin contarlas, claro) el número de gominolas u otros chuches (que diría Mariano) que hay en un bote de cristal o plástico transparente (como el que aparece en la foto). El juego lo gana, obviamente, aquel que acierte (o más se acerque, en su defecto) al número correcto. Yo diría que hay unas 280. ¿Cuántas cree usted que hay?

 

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La gente es idiota, los grupos de gente no

escrito el 17 de Diciembre de 2009 por en General
Terminábamos la entrada anterior con una pregunta ¿es cierto que nos irían mucho mejor las cosas si estuviésemos gobernados por una élite escogida entre los más “sabios”? La respuesta que prometíamos es que posiblemente no. Y es no porque en muchos casos los grupos de gente se comportan de forma más “inteligente” que el más capacitado de sus miembros. Esta es la sorprendente idea que James Surowiecki, reportero de The New Yorker plasma en su provocativo libro del año 2004 titulado “The wisdom of crowds (La sabiduría de los grupos)”.
El hilo conductor de su propuesta es exactamente ese: cuando un grupo de gente (una comunidad, un país, etc.) se enfrenta a un desafío (prácticamente de cualquier tipo) le irá mejor, es decir, tomará decisiones más acertadas, si tiene en cuenta las opiniones de todos sus miembros y no sólo considera la opinión de los individuos más preparados. El libro está muy bien documentado e incluye numerosos ejemplos en los que los grupos son, colectivamente, más “inteligentes” que el más “lumbrera” de los individuos. Uno de los casos más curiosos es el del programa  ¿Quién quiere ser millonario? que se emite o emitió en gran parte de los países del mundo.

 quiere ser millonario

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la gente es idiota

escrito el 16 de Diciembre de 2009 por en General
Esta entrada ha sido, en parte, inspirada por un comentario de José Antonio Quirós en nuestro blog en el que sugería que las decisiones (en general) deben ser tomadas por una élite ilustrada y no por el conjunto de la sociedad. Dicho así, fuera de contexto, parece una afirmación bastante reaccionaria. Pero, tal vez, no le falte algo de razón. A bote pronto, uno podría pensar que el mayor problema de la democracia es que las sociedades estén dominadas por una mayoría de energúmenos iletrados. Y si la televisión que tenemos es reflejo de la sociedad en que vivimos no hace falta más prueba.

chiste Belén Esteban

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hacerse el sueco

escrito el 9 de Diciembre de 2009 por en General

“Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros” Groucho Marx.

playboyBinoche
Cuando estudiaba en la universidad tenía un amigo que estaba suscrito a la versión española de la revista Playboy. Él siempre mantuvo que era por los artículos. Los demás siempre supimos que era por las chicas. Ahora me doy cuenta de que era un ejemplo típico de disonancia cognitiva (aunque con Juliette Binoche no ha lugar la disonancia). En su caso había un conflicto entre lo que hacía (estar suscrito a la revista Playboy) y lo que pensaba (pues iba en contra de sus principios comprar una revista sólo porque en ella aparecieran chicas desnudas). Lo curioso es que cuando le decíamos que no nos lo creíamos, que lo único que él estaba haciendo al decir que se suscribía por los artículos era utilizar una justificación socialmente aceptable para mirar chicas desnudas, él siempre argumentaba lo contrario. Y, ¿por qué no? Además de las famosas Playmates del mes, la revista venía (y sospecho que todavía viene) trufada de entrevistas a personajes famosos, reportajes y otros artículos, algunos de ellos incluso muy interesantes (la verdad es que esa es la razón por la que yo se las pedía prestadas de vez en cuando ;-)).

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¡Atención!

escrito el 21 de Octubre de 2009 por en General
Comentábamos en una de nuestras últimas entradas que Apollo Robbins, el “mago-carterista” es un genio controlando el flujo de atención en su audiencia (esto es, sus victimas). Hoy estoy en Chicago, en pleno congreso de la Sociedad Americana de Neurociencia, y ante una audiencia de más de 30.000 (sí, ¡treinta mil!) Neurocientíficos de todo el mundo, Apollo Robbins se dispone a demostrarlo…
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pintar el aire

escrito el 20 de Octubre de 2009 por en General

“Quiero lo inalcanzable. Otros artistas pintan un puente, una casa, un barco, y eso es el fin. Están acabados. Yo quiero pintar el aire que rodea el puente, la casa, el barco, la belleza del aire en el que estos objetos están inmersos, y eso es prácticamente imposible”.

Esta frase la escribió Claude Monet, y creo que no existe mejor resumen para la entrada de hoy. Como prometí, hablaremos de Velázquez, de los jardines Zen, de Monet… y del aire…
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punto de fuga

escrito el 19 de Octubre de 2009 por en General
Botticelli
Dedicados por completo a la gratificante tarea de destripar todos los misterios de la vida como son el amor, la magia, el libre albedrío… nos habíamos olvidado de continuar con nuestro estudio (científico) del arte y las razones biológicas para su existencia.
Para aquel que empiece en este blog, diré que ya dedicamos muchas palabras a este tema: hicimos una pequeña introducción, hablamos del “efecto pico” con Carla Bruni y Nicolas Sarcozy, comparamos el arte con las drogas, pusimos ejemplos, nos peleamos (de forma amistosa) con un filósofo, pusimos más ejemplos y hasta explicamos a Picasso desde un punto de vista que él no había contemplado…

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SmallWorld II

escrito el 17 de Octubre de 2009 por en General
Esta entrada con nombre de secuela de Hollywood servirá para apagar vuestras ansias de saber más acerca de lo pequeño que es el mundo  y lo fácil que es encontrarse a alguien que conoce a alguien que vosotros conocéis incluso en la Antártida.
Y es que, aunque intuitivamente ya habíamos captado la esencia del problema, todavía no lo habíamos formulado de una manera muy precisa. ¿Qué caracteriza a una red del tipo “mundo pequeño”? En un artículo recientemente publicado en la revista Nature, Duncan Watts y Steven Strogatz efectúan el primer intento analítico de estudiar el fenómeno a partir de la topología, una rama de la matemática que surge, perdóneseme la irreverencia, hace ya más de 250 años cuando Leonard Euler le comunica a sus conciudadanos de Königsberg que jamás podrán cruzar consecutivamente los siete puentes de su ciudad sin desandar camino en el proceso, es decir, sin repetir uno o más puentes. Pero, ¿qué tiene que ver Euler con las relaciones sociales o con la fisiología? Vayamos por partes.

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Robando… ideas

escrito el 3 de Octubre de 2009 por en General
Apollo Robbins es un tipo interesante. Joven, razonablemente atractivo y con un don que, aunque ha llevado a muchos otros a la cárcel (incluido alguno de sus hermanos), a él lo ha catapultado directamente a la fama. Apollo Robbins es un carterista, un ladrón profesional. Pero no, por supuesto, de la especie a la que estamos acostumbrados (y acostumbrados a temer, añadiría). Hace unos años su nombre apareció en las primeras planas de casi todos los periódicos estadounidenses por robar, durante uno de sus espectáculos en Las Vegas, las tarjetas de identidad y documentos confidenciales a un miembro del servicio secreto que acompañaba al ex-presidente Jimmy Carter. ¡Se imaginan la cara que se le debió quedar al pobre! Comentaría después el propio Apollo que el agente estaba tan aturdido que sólo acertaba a decir “por favor, que no se entere mi jefe”. A lo que el “mago-carterista” respondió, “no te preocupes, también he robado su tarjeta de identidad”.

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¿conoces al primo del cuñado del vecino?

escrito el 2 de Octubre de 2009 por en General
Todos estamos más o menos familiarizados con el concepto de “seis grados de separación”. Esto es, el fenómeno por el cual dos personas tomadas al azar de entre todos los habitantes de este planeta estarían unidas por una cadena de conocidos de, como mucho, seis miembros. Sorprendente, ¿no? O tal vez no tanto. Expresiones del estilo: “¡el mundo es un pañuelo!” o “¡pero qué pequeño es el mundo!” son de uso común. Sin embargo, ¿existe alguna base científica que explique este fenómeno?
El origen de esta “leyenda urbana” está en un experimento que Stanley Milgram, del Departamento de Sociología de la Universidad de Harvard, puso en práctica a finales de los años 60 (Milgram, 1967). El Profesor Milgram seleccionó aleatoriamente a un grupo de individuos residentes en los estados americanos de Kansas y Nebraska, a los que pidió que intentasen hacer llegar una carta a personas que no conocían de nada y que vivían en el estado de Massachussets. Deberían hacerlo a través de conocidos, gente que ellos pensasen podrían conocer al destinatario o a alguien que le conociese. El resultado más llamativo del experimento fue que aproximadamente la mitad de los envíos precisó de sólo cinco, o menos, intermediarios para llegar a su destino.

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desde todos los puntos de vista

escrito el 16 de Septiembre de 2009 por en General
Las cosas nunca son como la primera vez que las vemos. La primera impresión no es la que queda y además desaparece muy rápidamente. A medida que vamos conociendo mejor a una persona o un objeto, nuestra interpretación de ella o él cambia, toma matices. Pimero matices gordos y luego matices más refinados. Todo para conformar un concepto que seguirá evolucionando. Porque el tiempo pasa. Siempre.
Y entonces, conocer algo o a alguien supone muchos niveles de conocimiento. Por ejemplo, en el caso de una persona, podemos conocer a alguien por una foto, en la que podemos ver un único gesto, podemos conocerla de vista, haber hablado con ella una vez, mil veces, ser su amigo de la infancia o casarnos con ella hasta que la muerte nos separe…
Y si nos casamos con ella y un día encontramos en un cajón la foto gracias a la cual la conocimos, no veremos tan sólo el gesto que aparece en la foto. Veremos todo lo que sabemos de ella: la veremos alegre, triste, enfadada, irónica, veremos su cara pero también su espalda… Porque todas esas cosas forman parte del concepto que tenemos de ella.
Con los objetos pasa algo parecido. Cuando miramos una silla como la de más abajo a la izquierda, no sólo la estamos interpretando desde la perspectiva desde la que la estamos viendo. Por eso la silla de al lado no deja de ser una silla.

sillas III

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¿Mejor cuanto más cerca?

escrito el 7 de Septiembre de 2009 por en General
Los humanos pertenecemos a una larga línea evolutiva de animales sociales. El botellón, las visitas del Papa, las guerras, las vacaciones o incluso enfermar de gripe; la verdad es que rara vez hacemos algo solos. Y, es más, aunque a veces parezca increíble (como en el caso del botellón, por ejemplo) nuestras interacciones sociales están reguladas por un código mucho más estricto de lo que a simple vista parece. Por ejemplo, y aunque resulte paradójico, algo que nos molesta especialmente es que otra persona se acerque demasiado a nosotros. Obviamente esto dependerá de quién sea esa otra persona, del contexto en el que se produzca el acercamiento, de nuestro género, edad e incluso antecedentes culturales; pero en líneas generales todos tenemos un sentido muy desarrollado de nuestro “espacio personal”, y no nos gusta que se vea invadido por “extraños”.

fullmetaljacket1

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La segunda impresión

escrito el 3 de Julio de 2009 por en General
Esta sí será la entrada que prometimos. Para variar.
Habíamos hablado de los impresionistas, de Monet y Renoir pasando todo un verano en los baños de la Grenouillere, intentando pintar el agua del Sena, y de cómo el primero dio con la forma de hacerlo, simplemente combinando los colores negro, amarillo, blanco y azul.

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Los ejemplos

escrito el 23 de Junio de 2009 por en General
Porque todos entendemos mejor los ejemplos, pondremos algunos en las siguientes entradas para intentar explicar por qué el arte nos produce las sensaciones que nos produce. Pero ojo, no estamos diciendo que vayamos a explicar por qué nos gusta el arte. Cada uno es libre de tener sus propios gustos.
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El Arte es una droga

escrito el 5 de Junio de 2009 por en General
Terminamos la entrada anterior de una forma un tanto enigmática y amenazando con revelar el “significado” del Arte, o al menos su valor biológico real. Incluso corriendo el riesgo de ganarnos un puesto de honor vitalicio en la galería de los aguafiestas hemos decidido seguir adelante y plantear una solución para todas las preguntas que habíamos dejado sin respuesta. ¿Podemos encontrar un significado biológico al Arte, más allá de sus implicaciones simbólicas? ¿Puede cualquier imagen llegar a considerarse Arte? ¿Por qué el Arte nos produce placer? ¿Sentimos realmente una necesidad física de producir Arte? ¿De ver Arte?
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El Arte no es morirte de frío

escrito el 4 de Junio de 2009 por en General
Ya hemos comentado en alguna ocasión que Ver no consiste simplemente en transmitir imágenes. Que Ver se parece más a un proceso de resolución de problemas; y que nuestro cerebro ha evolucionado para utilizar una serie de estrategias que le permiten entender la realidad. Los artistas en general, y los pintores en particular, tras años de ensayo y error, han descubierto de forma intuitiva esas estrategias, esa lógica interna del cerebro, y las utilizan para potenciar el impacto visual generado por su obra. Por ejemplo, como explica Ramachandran en su libro “A brief tour of human consciousness (Un breve viaje sobre la conciencia humana)”, cuando un artista pinta el retrato de una persona trata de capturar lo que en su rostro es único y lo diferencia de otra gente; lo exagera en el cuadro y produce una imagen que puede llegar a transmitir la percepción de esa persona de forma mucho más poderosa que el propio original. Este efecto se lleva al extremo en las caricaturas. Así, en las dos imágenes de arriba, la de la derecha es mucho más Ronaldinho que el propio Ronaldinho.
ronaldinho
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El aguafiestas

escrito el 8 de Mayo de 2009 por en General
Después de haber intentado entender por qué nunca encontramos el prado perfecto para parar a comer cuando vamos al campo, hoy me preocupa una pregunta mucho más importante (o no) en nuestra sociedad: ¿por qué funciona el arte? Pero intentar responder a esta pregunta me lleva a dos nuevos problemas:
El primero es evidente, y es que antes de decidir por qué funciona el arte, tengo que decidir lo que entiendo por arte, o incluso lo que entiendo por funcionar… Pero creo que empezaré el razonamiento por el final, y luego intentaré acabar con estos “pequeños” flecos.
El segundo problema es que, al intentar desentrañar esta cuestión, corro el riesgo de convertirme en un soplón, un aguafiestas y un chivato (Santiago Gerchunoff), porque estaré intentando explicar algo que no precisa (ni pide) explicación para ser disfrutado. Nadie necesita entender por qué le gustan La Noche Estrellada de Van Gogh o El beso de Gustav Klimt para que le gusten. Bien, en mi defensa diré que no creo que el entendimiento lleve a la desaparición del efecto, de la misma forma que conocer los fundamentos químicos del amor no hace que dejemos de querer a nuestra pareja.
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Las ventajas de perder un pie

escrito el 27 de Abril de 2009 por en General

Si habéis leído la última entrada, estaréis probablemente pensando varias cosas. Pero la primera seguro que es que los científicos que estudian los mecanismos cerebrales responsables de nuestra percepción sensorial están un poco locos. Y, la verdad, si alguien vestido con una bata blanca y portando un martillo y unos prismáticos me pidiese que pusiese un dedo de mi mano derecha encima de una mesa, pensaría que ha perdido la cabeza. Pero si, como a mí, siempre os ha fascinado el hecho de que las ilusiones visuales no desaparezcan cuando nos las explican, tal vez os estéis preguntando por qué no podemos evitarlas, como cuando te desvelan un truco de magia y ya nunca vuelves a verlo igual. Con las ilusiones sin embargo no pasa eso, siempre estarán ahí porque son producto de los mecanismos que el cerebro utiliza para entender la realidad. Lo cierto es que lo ilusorio, lo imaginado, lo soñado y lo real comparten el mismo sustrato en nuestro cerebro. Los mismos circuitos que empleamos para imaginar a la persona amada se activan en cuanto la vemos. Y lo mismo pasa con una silla, el cielo, las galletas de nata de mi abuela o el número Pi.
Los pacientes de Wilder Penfield (1891-1976), un neurocirujano canadiense que se especializó en el estudio y tratamiento quirúrgico de ciertas enfermedades neurológicas, fundamentalmente la epilepsia, lo demuestran. Muchos de ellos sufrían ataques epilépticos que tenían su foco en la corteza temporal. En esta zona de nuestro cerebro se localizan las funciones auditivas principales y las áreas de asociación polisensorial que dan sustento a nuestra memoria. Durante sus crisis, el paciente 32, por ejemplo, escuchaba a su madre y a su padre hablando y cantando villancicos. Exactamente igual que habían hecho en tantas frías noches navideñas ya pasadas. Y esa percepción tan familiar seguía pareciendo real, tan real como cuando la experimentaba directamente de pequeño.
Wilder Penfield fue también un pionero de la exploración de la corteza cerebral mediante microestimulación eléctrica. Realizaba experimentos en los que no se utilizaba anestesia general (el cerebro no tiene receptores de dolor) y el paciente permanecía despierto, consciente, durante todo el proceso. Para abrir el cráneo y exponer el cerebro se utilizaba únicamente anestesia local para inactivar los receptores de dolor del hueso y las meninges. Durante estas operaciones, Wilder Penfield, estimulaba con una pequeña corriente eléctrica en la superficie del cerebro con el objetivo de evaluar las posibles opciones quirúrgicas.


Durante estas operaciones descubrió que la corteza cerebral presentaba una exquisita organización funcional. Cuando estimulaba distintas zonas los pacientes experimentaban distintas sensaciones o incluso patrones motores. Así descubrió la región responsable de nuestra percepción visual en la parte posterior del cerebro, de nuestra capacidad auditiva, en la zona temporal o de nuestro comportamiento motor en el lóbulo frontal. Penfield fue también el primero en describir de forma precisa el mapa correspondiente al sentido del tacto, en la zona somatosensorial de la corteza parietal (ver figura 1).
Lo primero que llama la atención es que en el mapa están representadas todas las partes del cuerpo en función de su importancia relativa para nuestro sentido del tacto. Así, dedicamos muchos más recursos cerebrales a la cara (especialmente a los labios y la lengua) y las manos que a otras zonas del cuerpo como la espalda o los pies. Si reconstruyésemos nuestro cuerpo en función del territorio cortical que ocupa cada parte el resultado sería ciertamente grotesco (ver figura 2).
Además, estos mapas son plásticos, es decir, pueden cambiar a lo largo de la vida dependiendo de la experiencia y el aprendizaje; y sus bordes son difusos, por ejemplo, en la frontera entre la representación de la cara y la de las manos, las células cerebrales reciben información de ambos sitios.
La existencia y estructura de estos mapas condiciona de forma clara nuestra percepción de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Un ejemplo claro es la sensación de miembro fantasma que sufren muchos amputados. En estas personas, la estimulación directa de zonas que están lejos del miembro amputado en el cuerpo pero que están muy cerca en su representación en el homúnculo cortical (por ejemplo cara-mano o genitales-pie) puede evocar la sensación vivida de que el miembro todavía está ahí. Sensación que en muchos casos va acompañada de un dolor más o menos intenso.
También llama la atención que el mapa no está perfectamente ordenado. No sólo los genitales aparecen al lado del pie en la parte más medial de la corteza somatosensorial; sino que también, la cara no es vecina de la representación de la cabeza, sino que aparece junto a la zona que se encarga de procesar la información que proviene de la mano, en el extremo lateral del mapa. Hay autores como Ramachandran que han visto en esta organización espacial “tan especial” la explicación fisiológica de fenómenos fetichistas tan curiosos como la fascinación que algunos hombres (fundamentalmente) sienten por los zapatos de tacón o los pies en general. Dando soporte a su hipótesis, muchos pacientes que han sufrido la amputación traumática o quirúrgica de un pie comentan que a partir de ese momento sus orgasmos son mucho más potentes y placenteros. Esto podría tener que ver con el hecho de que los mapas son plásticos. Al no recibir información sensorial del pie ausente, la región cortical correspondiente va a pasar a procesar estímulos que provengan de la región vecina en el mapa, en este caso los genitales. Espero que este comentario no desencadene una nueva moda de amputaciones rituales entre los más débiles de mente…
Existen, por supuesto, mapas similares para otras modalidades sensoriales, mapas visuales retinotópicos, mapas auditivos de frecuencia, e incluso homúnculos en la corteza motora. Todos ellos merecerían una nueva entrada. En ésta, he intentado tan sólo convenceros de que estos mapas influyen en nuestra percepción del mundo, la ponen en contexto. Por si no lo hubiera conseguido os dejaré esta ilusión somatosensorial que seguro que os hace pensar (y os hará pasar algún buen rato en los bares ya que también se puede hacer con aceitunas).
Cruzad los dedos medio e índice de una mano. Ahora, explorad con ellos así dispuestos una canica (o cualquier otro objeto más o menos esférico, como la bola de un ratón del ordenador, la aceituna del bar, etc). Procurad que las puntas de los dedos estén suficientemente separadas y es importante que toquéis la canica con los dos dedos a la vez, haciendo movimientos adelante y atrás y circulares. Si lo habéis hecho bien tendréis la sensación de estar tocando dos canicas. Y esa sensación no se cancela al mirar directamente cómo los dedos exploran la canica ¡aún cuando nuestro sistema visual nos dice que sólo estamos manipulando una!
La culpa de esta ilusión la tiene la estructura del mapa somatotópico de la corteza. Si os fijáis, existen zonas separadas para procesar información que proviene de cada uno de nuestros dedos. Y la posición de los dedos en el mapa cortical es la misma que ocupan en la mano. Este mapa es nuestro sistema de referencia para interpretar toda la información táctil que recibimos al explorar un objeto con la punta de nuestros dedos. Al cruzar los dedos y manipular la canica estamos estimulando simultáneamente la cara externa del dedo medio y la cara interna del dedo índice. Eso sólo es posible, con los dedos en su posición normal, si estamos manipulando dos canicas y esa es la explicación que prevalece porque es la más habitual. Lo llamativo es que el sentido de la vista no sea capaz de cancelar esta ilusión. Y no lo es porque no sería posible, desde un punto de vista neuronal, actualizar el mapa somatotópico continuamente en función de nuestra visión de la disposición del cuerpo en el espacio.
Por lo tanto, la disposición, estructura y propiedades de los mapas corticales sí condicionan enormemente nuestra percepción del mundo. Incluso tanto como para querer que nos corten una pierna
Y una última reflexión. La percepción es ilusión, la ilusión es contexto y el contexto es arte. Permanezcan atentos, lo veremos aquí…

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón


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Mi cerebro me engaña

escrito el 8 de Abril de 2009 por en General
Como si de un libro de autoayuda se tratase, ayer di mi primer paso hacia la luz y asumí que nunca podré estar seguro de que la realidad (mi realidad) existe, y no se reduce a una serie de impulsos eléctricos orquestados por un astuto ordenador.
Tuve que resignarme a que toda mi vida podría haber sido previamente programada por un gestor de bases de datos, el cual habría decidido que la tierra fuese redonda, que el sol saliese por el este, que los alemanes fuesen altos y rubios, que los chinos fuesen muchos y que los colibrís moviesen las alas muy rápido. Con un práctico programa  habría dotado a sus creaciones de una base lógica para que todas tuviesen un por qué. Quizás, en un ataque de originalidad, habría privado de una explicación razonable a algunas cosas, como los polvorones y el Atlético de Madrid, utilizando la sencilla herramienta ‘Random’ contenida en el paquete básico del programa…
Habría creado todo. Sería Dios. Y todo lo habría hecho (seguramente en menos de 7 días) basándose en factores tan importantes como el tiempo de computación y los recursos de red existentes.
Así que me resigné…
Pero volvamos atrás. Asumamos que estoy equivocado. El mundo exterior existe. Con su realidad física y sus reglas, algunas de las cuales creemos conocer mientras otras permanecen todavía un poco oscuras (y no me refiero sólo a las que explicarían el origen de los polvorones o el destino del Atlético de Madrid), pero todas ellas reales. Mi cerebro me serviría entonces para interactuar con el mundo, para comprenderlo sin a prioris, sin intervención de ningún webmaster. A través de él conozco el mundo como es. Punto…  ¿Cierto?
¿Podría, por fin, estar seguro de que mi cerebro no me engaña?
La respuesta corta es clara y tajante: puedes estar seguro de que tu cerebro te engaña continuamente. Nunca en lo esencial, porque si no, no estarías vivo, pero sí en pequeños detalles, nimiedades… Mira esta creación del neurocientífico japones Akiyoshi Kitaoka:
serpientes3
La imagen se mueve aunque todos sabemos que en realidad no se mueve, lo que sea que quiera decir eso . Y se mueve más cuanto más la exploramos con la mirada. Si fijamos la vista, las serpientes tienden a quedarse quietas. Pero, ¿por qué se mueven? ¿Por qué me está engañando mi cerebro?
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