Entradas de Manuel Molano
Esta entrada es la continuación directa de la de ayer, que pongo en este práctico link para aquellos que no la leyeseis.
A los hechos me repito
Dada la confusión que generó nuestra entrada de ayer, publicamos rápidamente hoy su continuación para que nadie se nos vaya por el mal camino… Lo primero que haremos será explicar el experimento gracias al cual el grupo de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) y el California Institute of Technology (CalTech) descubrió la neurona de Jennifer Aniston:
el conceto es el conceto
Esta mañana me levanté con muy pocas ganas de levantarme, así que decidí sentarme en el sofá para reflexionar sobre por qué tenía que ir a trabajar. Y así, con el sol calentándome los pies y luchando contra la tentación de dejar caer la cabeza hacia un lado para poco a poco llegar a tumbarme por completo en el sofá, decidí que el tema no daba demasiado de sí… ¡pero tuve otra idea! Y es que me di cuenta de que hay un trabajo del que, de manera incomprensible, no hemos hablado todavía en este blog.
De manera incomprensible se nos pasó uno de los descubrimientos más importantes en neurociencia de los últimos 20 años (y uno de los más controvertidos; las dos cosas suelen ir unidas).
Empiezo por el principio, o mejor dicho, por nuestro principio:
la primera impresión
Por motivos que pronto quedarán claros, he estado buscando en Google aquel anuncio de colonia en el que se decía aquello de: “La primera impresión es la que queda”. Y aunque no he encontrado nada sobre el anuncio, sí he tenido la ocasión de leer un montón de páginas que querían ayudarme a causar una buena primera impresión. Así, he podido conocer el caso de Rafaela, que se fió de la primera impresión que le dio un señor (“un hombre tranquilo, cariñoso y noble”) y se casó con él. Luego resultó ser un tipo “sucio y neurótico”. “Supongo que la próxima vez me lo pensaré dos veces” aventura Rafaela. También he leído que “nunca es bueno llegar tarde, vestir un atuendo manchado, o masticar con la boca abierta en un restaurante fino, en la primera cita”.Todos ellos consejos útiles, aunque no me queda claro si a partir de la segunda cita puedo, por fin, abrir la boca al masticar…

Inadvertidamente, Roy condena al planeta Tierra a la aniquilación cuando, en un intento por resultar amigable, agarra al líder por la cabeza y lo sacude vigorosamente
lo que pasa en tu cerebro cuando tú no estás
Hace ya tiempo, hablamos de un estudio en el que unos tipos con bata blanca con ayuda de una máquina eran capaces de saber la decisión que íbamos a tomar, hasta 7 segundos antes de que nosotros mismos fuésemos conscientes de dicha decisión. Y es que hay cosas que pasan en nuestro cerebro sin que nosotros nos enteremos, pero de las que somos del todo responsables ¿quién si no?

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Jack “the dripper”
Es curioso lo poco que nos damos cuenta de todo lo que somos capaces de hacer.
En la película “A pleno sol“, en la que trabajaba el señor Alain Delon y de la cual quizás sea más conocida la versión moderna “El talento de Mr. Ripley” de Anthony Minghella, existe una escena en la que se ve al protagonista (Tom Ripley o Alain Delon) practicando la firma de su amigo Philippe Greenleaf, al que pretende suplantar tras haberlo asesinado. Pero Tom no practica la firma escribiendo con su pluma en una hoja de papel; lo hace en una pantalla transparente sobre la que retroproyecta la verdadera rúbrica de su difunto amigo…
¿Y qué?
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la gente es idiota (El origen)
Sin ánimo de caer en la redundancia y para que sirva de ejemplo de lo que hemos estado hablando en las últimas entradas (lo de que la gente es idiota y esas cosas), hoy traemos una foto. Se trata de un cartel publicitario de los Darwin Awards, premios que se conceden, generalmente de forma póstuma, a aquellos individuos que demuestran la mayor falta de cuidado para con sus propias vidas.

Creo que no hay mucho más que decir, a parte de lo ingenioso que me parece el mantener a flote los enchufes con dos chanclas…
Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón
Sobre brazos biónicos y demás
Una de las preguntas que más temo cuando le digo a la gente que estoy haciendo el doctorado en neurociencias y les explico exactamente en qué consiste es: “¿y eso para qué sirve?”. El problema es que, mientras en cualquier otro ámbito de la sociedad cualquier cosa que no tenga una clara utilidad desaparece, en ciencia las cosas no funcionan así; no pueden funcionar así. Nunca sabes de dónde va a surgir el descubrimiento que revolucione el mundo, y por lo tanto hay que buscar en todas partes.
Tanto es así, que existen algunos trabajos que no tienen una muy clara utilidad. Pero para eso han sido creados los premios Ig-Nobel, que se otorgan cada año a los trabajos más absurdos realizados en ciencia. En este link podéis encontrar a todos los premiados del 2009, pero como ejemplo, pongo el trabajo que se llevó el premio Ig-Nobel de la paz: Are Full or Empty Beer Bottles Sturdier and Does Their Fracture-Threshold Suffice to Break the Human Skull? En él, se presentan datos experimentales sobre si es mejor ser golpeado en la cabeza con una botella de cerveza llena o vacía. Así que ahora, cuando quieras romperle la cabeza a alguien y sólo dispongas de una botella de cerveza, sabrás si tienes que vaciarla antes o no y así podrás optimizar tus energías. Seguro que a alguien le es útil.
A petición popular, hoy hablaremos de experimentos con una utilidad clara y directa: manejar máquinas con la mente. ¿A quién no le gustaría cambiar la televisión con un guiño de ojos?
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Supuestos
Supongamos que vives en el octavo piso de un edificio de esos antiguos en los que la gravedad parece más grave y cada peldaño de las interminables escaleras cuesta un mundo. No hay ascensor. Pero un agradable día de primavera durante una junta de vecinos, alguien (¿un ángel?) plantea la idea de instalar uno. De pronto tus lumbares no se quejan tanto y casi puedes oír los suspiros de alivio de tus visitas.
Y aquí llega el problema:
No todo el mundo está de acuerdo con tamaña obra. Los motivos para negarse a realizarla varían: los hay que viven en la primera planta, los hay que quieren hacer ejercicio subiendo a pie, los hay que no tienen dinero…
el peso de lo que piensas
¿Por qué estás leyendo esta entrada?
Es una pregunta a la que deberías poder contestar. La respuesta más probable es que te interesa lo que se dice en ella. O quizás tengas que hacer un trabajo sobre neurociencia y hayas encontrado este blog por casualidad. O puede ser que te haya llamado la atención su foto, que está puesta ahí sólo para eso, para llamar la atención. O te aburres en el trabajo y la lees como podrías estar leyendo el editorial del Marca, que hoy trae el atractivo título: “Cristiano sabe de su importancia, de ahí su sincero arrepentimiento”.

Sea como sea, en general, siempre deberías ser capaz de justificar tus actos, no para cuando te pregunten los demás, sino para cuando te preguntes tú mismo. En el ejemplo de arriba las justificaciones varían: por interés, por obligación, por otro tipo de interés y por aburrimiento. Otra de las razones-excusas más utilizadas es “había bebido demasiado”, pero creo que nadie la utilizaría en este caso…
la insoportable levedad del ser
Conscientes de que nuestra penúltima entrada acabó sin acabar del todo, hoy diremos alguna cosa más sobre aquellos sujetos que administraban descargas eléctricas (mortales) a otras personas sólo porque era necesario para un experimento científico. Creo que se lo merecen, al fin y al cabo, aquellos sujetos eran el 65% del total de los sujetos, que no es poco.

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Breve ensayo sobre la ceguera (cotidiana) -¡gracias Saramago!-
Muchas cosas nos quedaron por decir en la última entrada. Pero hoy el guión (nosotros somos muy de guión) nos lleva a otros asuntos…
Y es que también tenemos muchas cosas que decir acerca de la ceguera por falta de atención, de la que, como vimos, se aprovecha gente como Apollo Robbins para, en el mejor de los casos, tomarnos el pelo o hacernos un truco de magia. Esta propiedad está relacionada con otros fallos de conciencia más generales como la ceguera al cambio. En percepción visual, la ceguera al cambio es el fenómeno que ocurre cuando al observar una escena visual, cambios muy obvios en la misma nos pasan completamente desapercibidos.
Normalmente, para que se produzca, los cambios en la escena han de ocurrir o bien muy lentamente, o bien coincidiendo con algún tipo de discontinuidad visual: parpadeos, un oscurecimiento súbito de la imagen, movimientos sacádicos de los ojos — como los que realizamos al leer un texto, etc. Por norma, sólo seremos capaces de detectar los cambios en una escena cuando seamos capaces de comparar la imagen que vemos con la memoria de ella que hemos almacenado antes de que se produjese la discontinuidad. Cualquier fallo en el almacenamiento o la comparación de la información relevante de la escena produce ceguera al cambio. Es por ello que el fenómeno se estudia habitualmente utilizando modelos de memoria visual a corto plazo.
Pero bueno, basta ya de este estilo “documentales de la 2”, ¿por qué vuelvo de nuevo sobre esta “historia” de la ceguera sensorial?
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Aprender a llevar la contraria
Para continuar con el aire subversivo de la última entrada, hoy aprenderemos a desobedecer a la autoridad, a la competente y a la incompetente.
Y es que, después de los experimentos sobre conformidad que realizó Solomon Asch, en esta entrada hablaremos de otro experimento que quizás va un poco más allá. Lo llevó a cabo Stanley Milgram, que había trabajado en el laboratorio del propio Asch, pero que parecía aburrirse haciendo preguntas banales a estudiantes inseguros. Así que decidió obligar a sus sujetos a torturar a otros sujetos. Él lo explicó así en su artículo “Los peligros de la obediencia” de 1974:
“Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico”
aprender a enseñar a pensar
Después de un corto periodo de reflexión, volvemos con ideas nuevas y subversivas para que apliquéis a vuestra vida diaria. Hoy aprenderemos a criticar (a quien sea).








